Cacho y los mil fuegos

Por Manuel Barrientos
En este día soleado y peronista algunos dicen que murió Domingo Rafael Barrientos, alias 'Cacho', alias 'Señor Teatro'. Un pedazo de la cultura de Chacabuco. Pedazo grande, pedazo chico, pedazo al fin. Promotor de mil proyectos: grupos, obras, festivales, leyes, salas. Más de medio siglo de amor por esta ciudad, esta identidad, esta gente. Pilar del teatro independiente en la Argentina, aunque parezca una exageración familiar. Allí estuvo dale que dale en los noventa para lograr la sanción de la ley nacional de teatro, para que se pusiera en marcha el Instituto Nacional del Teatro, del que fue secretario general y miembro fundador. Después estuvo también acelerando por las rutas de toda la provincia en la primera y la segunda gestación de la Federación de Teatristas Independientes (FETIBO) y la ley provincial de teatro. Un hombre autárquico.
Allá en los setenta vio una obra del grupo La Mueca y abrazó el arte popular para nunca soltarlo. Arrancó con un puñado de estudiantes, después sumó otros y otros, y creó el Grupo Taller de Teatro y le dio y le dio, con la tía Ana como propulsora sin descanso, divinidad cordobesa que llegó un 1 de enero de 1976 a estas tierras de la Pampa Húmeda y se quedó por siempre. Por esos días, también, se salvaron por un pelo de las patotas de la dictadura. Militante peronista, militante cultural.
Hace unos meses atrás, en un acto en la Federación de Trabajadores Marítimos, Marcelo Ferrer recordó que fue Cacho quien lo impulsó a leer a Conti, a escribir canciones en homenaje a Haroldo, a cantarle a la memoria de su obra. Allá, a principios de los años ochenta, Cacho encendía los fuegos de jóvenes chacabuquenses para que se asumieran como parte de ese gran legado cultural de nuestro país y de nuestra América latina.
El tío hizo muchas actividades para difundir el legado de Haroldo. Pero hubo un hito gigante y memorable: el viernes 17 de septiembre de 1993, a las 18.30, Chacabuco en su conjunto tomó el Teatro Nacional Cervantes para realizar una puesta en escena de 'A la diestra', ese relato póstumo que quedó en la máquina de escribir de Conti antes de su secuestro. Un homenaje a Chacabuco y a Conti a la enésima potencia. Una selección gigante con Cacho como DT: Raúl Garello, Roberto Álvarez, Marcelo Ferrer, el Coro Polifónico Municipal, Roberto Guilligan, el Grupo de Danzas Taconeando, Héctor Consoli, Omar Pelatti, Julio Benvenutto, Calitos Bettoli…
***
El cortejo fúnebre sale de la Cochería Olivetto y pasa por la Escuela de Actividades Culturales, que Cacho impulsó como director de Cultura Municipal. Después dobla y dobla hasta que enfila por la Padre Doglia en saludo ceremonial por la Iglesia San Isidro Labrador. Agarra la calle Belgrano, el tío da un último saludo a los amigos del Bar Lacentra, desde adentro les puedo asegurar que Jorge Ortega apura su café echándole el vasito de soda. El tío hace una reverencia al monumento gobernante de don José de San Martín y tomamos la Alsina para darle una despedida al viejo Teatro COPAC o a la Sala del Teatro Italiano -ahí también contribuyó para que hoy sea un orgullo de la ciudad- y dice que no quiere entrar a Loft, que ya está, que vayamos directo para el cementerio.
***
Mis tíos Cacho y Ana me prestaron cuando yo era adolescente un libro de Juan Rulfo. Una frase de 'El llano en llamas' salta ahora redonda y precisa en mi memoria: 'Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude…'
Quiero ayudar a llorar con mis ojos a mi tía Ana, a mi viejo, a la tía Susana, a mis primos. Quiero dejar de llorar y sumarme al aplauso colectivo.
***
Cacho era inquieto, impulsivo, explosivo. Rebelde. Por momentos parecía andar incómodo por la vida, tal vez porque este mundo estaba lleno de injusticias, lejos del que alguna vez soñó. Podía insistirte para tomar un café y luego levantarse a los veinte minutos, apurado, andá a saber con qué destino, andá a saber por qué. Y, sin embargo, tenía una lectura y una escucha fina, atenta, que reactivaba incluso con mucho tiempo de demora y te seguía una conversación que habías tenido una década antes en una confitería del centro. Vos dijiste esto aquella vez y yo me quedé pensando y entiendo que esto sí, esto no, esto puede ser. Te hacía sentir valorado, escuchado, respetado en ese instante tan fugaz como perdurable.
Lo veo ahí, quieto y maquillado, en ese cajón de madera, y pienso que no puede ser él. Si nunca se aguantó tanto tiempo quieto. Con este calor en la sala, ya estaría a las puteadas. Hay dos alternativas: o en cinco minutos salta del ataúd y se levanta y se va. O todo se trata de una puesta en escena y el tipo que está ahí, recostado, es un actor mal maquillado que hace de Cacho. Y el tío, en realidad, está mirando todo desde la platea del viejo teatro COPAC, esperando que termine el ensayo para hacer las marcaciones, esperando que termine esta última función para saludar al público e irse con todo el equipo del Grupo Taller de Teatro para su casa de la calle Olavarría a comerse unas empanadas, tomarse unos vinos y planear una gran gira por cada pueblo de la Argentina, una gran gira para levantar el polvo de los caminos y encender uno, dos, tres, mil fuegos culturales por aquí y por allá. A su perpetua memoria.
Relacionadas
