El centenario de 'Don Segundo Sombra'
Esta semana se cumplió un siglo de la publicación de un libro que quedó en la historia de las letras hispanoamericanas. En el invierno de 1926 salía de la imprenta la primera edición de 'Don Segundo Sombra', la obra cumbre de Ricardo Güiraldes.
Aquellos primeros 2000 ejemplares, editados en una pequeña imprenta de San Antonio de Areco, se esfumaron de las librerías en menos de tres meses, obligando a una inmediata reimpresión de 5000 más en octubre de ese año y coronándose, poco después, con el Premio Nacional de Literatura en 1927. El éxito de la obra significó también la consagración del gaucho como un ícono de la argentinidad.
La novela vio la luz en una década durante la cual mientras la vanguardia literaria porteña debatía el futuro del arte en los cafés y revistas como Martín Fierro o Proa -de la cual el propio Güiraldes fue fundador-, el escritor tomó el género gauchesco, que muchos consideraban confinado al pasado, y lo proyectó hacia el siglo XX.
Nacido el 13 de febrero de 1886, Güiraldes repartió su existencia entre la cosmopolita Buenos Aires, sus viajes por Europa y el arraigo profundo a La Porteña, la estancia paterna en San Antonio de Areco. Fue en ese rincón de la pampa bonaerense donde conoció a un hombre de carne y hueso que alteraría su destino literario: Segundo Ramírez.
Ramírez no era una abstracción, sino un paisano recio, un veterano de los campos de Areco que encarnaba las costumbres más puras del universo rural. De caminar pausado pero firme, mirada filosa y pocas palabras, poseía una autoridad natural que no emanaba de la fuerza, sino de la sabiduría acumulada en una vida a la intemperie. Güiraldes quedó fascinado por su figura, plasmando su estampa primero en telas y dibujos antes de convertirlo en el arquetipo de su historia. Segundo Ramírez le prestó sus rasgos y su alma al personaje literario, convirtiéndose en el puente viviente entre el paisano real y el héroe mítico.
Lo que destacaba a Ramírez -y por extensión a Don Segundo- era el dominio absoluto de las arduas tareas del baqueano y el resero. La novela narra el viaje iniciático del joven huérfano Fabio Cáceres, quien, bajo la guía de su mentor, descubre que el oficio del campo es, ante todo, una escuela de vida.
A través del relato se despliegan costumbres camperas minuciosamente observadas por el autor, como el arte de formar una tropilla y mantener la disciplina de los animales en las fatigosas jornadas de arreo a través de la llanura, la destreza en el manejo del lazo y las boleadoras, el conocimiento de los secretos climáticos leyendo el cielo y el comportamiento de la hacienda, y la paciencia y suavidad necesarias para la doma, un proceso que exigía un entendimiento profundo del caballo y que se alejaba del mero castigo físico.
Pero las costumbres que deslumbraron a Güiraldes iban más allá de la destreza técnica. En esa figura gauchesca también había una filosofía de la llanura fundada en valores como la lealtad, la valentía y la nobleza. La sencillez y el coraje silencioso de Don Segundo se manifestaban tanto en la templanza para soportar el frío y el barro de las noches de vigilia en el campo abierto, como en la hospitalidad del fogón, donde el mate amargo circulaba como un ritual de fraternidad y en la que la palabra empeñada valía más que cualquier documento firmado. Don Segundo simbolizaba una libertad que ya en 1926 empezaba a desvanecerse ante el avance de los alambrados y la modernización agrícola.
En uno de los tantos artículos escritos sobre el libro se cuenta que la recepción de 'Don Segundo Sombra' unió a las facciones literarias de la época, habitualmente enfrentadas. Leopoldo Lugones vio en ella la culminación del espíritu nacional, mientras que Jorge Luis Borges reconoció de inmediato su trascendencia. En junio de 1928, en la revista Síntesis, Borges dejó una definición profética: "La patria (...) seguirá escuchando con ganas a Don Segundo Sombra y a cuanto se relacione con él. Ricardo, creador o historiador de esa inmortalidad sufrida y fornida, ocupará los años también", escribió.
Güiraldes falleció en París en octubre de 1927, apenas un año después de ver impresa su obra y sin llegar a dimensionar su impacto mundial. A un siglo de su aparición, la novela sobrevive no como una pieza de museo, sino como el testimonio, a través de una cuidada prosa, de una época que fundió el habla popular de los fogones con la alta literatura, custodiando para siempre el alma de aquel paisano llamado Segundo Ramírez, cuyo fallecimiento ocurrió en su San Antonio de Areco adoptivo, pues era oriundo de Entre Ríos, el 19 de agosto de 1936.
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