Epstein, Justine, Juliette y el liberalismo sádico
Por Marcelo Chata García
Justine y Juliette tenían 12 y 14 años cuando la prosa de Donatien Alphonse François de Sade las ubica en la Francia que va del Antiguo Régimen a la República Burguesa. Curiosamente, tenían la edad de las víctimas de Epstein. Huérfanas, salen del convento a ganarse la vida. Una pretende tener una vida de virtud, pero sólo encuentra abusos y pobreza. La otra toma el camino del vicio, y consigue una importante fortuna. Ambas responden a su manera al despotismo patriarcal de hombres poderosos y mujeres acomodadas que no ahorran crueldad y mezquinan compasión. Cuerpos púberes para extraer placer y producir dinero.
Hacía poco que un docente de moral de la Universidad de Glasgow escribía La Riqueza de las Naciones. El egoísmo individual y la división del trabajo aparecen ahí como factores que promueven el bien común. Sin embargo, Adam Smith -de él estamos hablando- compartía con los filósofos de la Ilustración la desconfianza al poder concentrado, no sujeto a reglas ni controles. En su época, ese poder era el absolutismo monárquico y la aristocracia palaciega, compuesta tanto de nobles como de grandes mercaderes. El liberalismo clásico apostó a la democracia y la división de poderes, una tecnología social de controles cruzados que generara una igualdad formal -todos sometidos a las mismas leyes- y garantizara los Derechos del hombre y del ciudadano. Los Derechos de niños, niñas y adolescentes tardarían más de un siglo en declararse.
Cuando un poder se concentra y toma autonomía con respecto a la sociedad, lo que se consigue no es un justiciero ni un orden vertical, lo que algunos esperan de dictadores o regímenes militares, sino que se genera un espacio potencialmente perverso. Y la perversión inscribe una erotización del poder y el sometimiento. Sigmund Freud encuentra en el Marqués de Sade el modelo para comprender esa dimensión de la perversión, el sadismo.
Jeffrey Epstein fue arrestado en 2019 acusado de cargos de explotación sexual a menores de edad. Ese mismo año apareció ahorcado en su celda en un hecho que sembró dudas en la opinión pública. Los documentos que luego salieron a la luz mostraron una enorme red de relaciones políticas, económicas y financieras con sectores del poder dirigencial, empresario, académico y cultural más importante del mundo. Sectores cómplices de sus fiestas y que le brindaron impunidad por mucho tiempo. Supo insertarse en la selecta clase de los magnates financieros y la aristocracia tecnológica, con contactos como Elon Musk, Bill Gates o Peter Thiel. Es decir, ese 1% de la población mundial de los súper ricos que han conformado un grupo autónomo, por encima de la sociedad.
En los libros de Sade no hay sólo lugar para erotismo y pornografía; juega con la reflexión moral. Escribe: 'el hombre desea vivir en sociedad; por lo tanto, debe renunciar a una parte de su bien privado en pro del bien público.' Hoy, los súper ricos no viven en la sociedad del 99% restante y, por lo tanto, no se sienten obligados de renunciar a algo de ellos en función del bien común, como tampoco someterse a sus reglas. Sí precisan de esa sociedad para seguir reproduciendo sus ganancias y, por lo tanto, su problema es cómo mantenerla sojuzgada.
Epstein es el síntoma de una ultra derecha perversa, capaz de sostener discursos conservadores puritanos y una profunda degeneración de sus prácticas endógenas. La falsa moral de hostigar las reivindicaciones Woke -diversidad sexual, justicia social, igualdad, antirracismo- postulando una supremacía blanca judeocristiana. Una tecno-oligarquía que se frota las manos pensando en los negocios que tiene para hacer tras el genocidio palestino, la invasión a Ucrania o la coerción a Venezuela. Un sadismo presente en su marketing político basado en haters, humillaciones y desprecios. En la sexualización del lenguaje político para explicitar la dominación. Táctica que encuentra la identificación de sectores que se empoderan asumiendo ese discurso de odio.
El libertarismo es nuestra versión del liberalismo sádico, más atento a disfrutar del dolor ajeno que de la construcción de una comunidad. Capaz de decir, frente a la represión a los jubilados, el despido de trabajadores, la desatención de las discapacidades, 'yo voté eso', o burlarse de un niño autista. Esa indiferencia -quizá disfrute- de algunos sorprende -ofende-, y no puede escudarse detrás de 'los ciudadanos de bien'. No extraña tampoco el tono que adquiere la discusión por la baja de imputabilidad. Violencia textual, metáfora sexual, Epstein está ahí para recordarnos que no todo son palabras.
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