Jueves . 21 Mayo . 2026

Escucha en Vivo:

La música de las lenguas

21/05/2026
La música de las lenguas

Por Juliana Chacón

 

    'Lo que escuchaba, lo que no podía evitar escuchar, no importa dónde estuviera, era la sordera de los otros a su propio lenguaje: los escuchaba no escucharse', escribe Barthes (Roland Barthes por Roland Barthes). Escuchar la sordera de los otros, un imposible. Si los otros están sordos, ¿cómo podrían escuchar?, ¿cómo podríamos escuchar su pérdida de capacidad auditiva?

    ¿Escuchamos nuestro propio lenguaje? ¿O será que al lenguaje se le escurre como agua entre las manos aquello que pretendemos hacerle decir? ¿Es entonces la pretensión de decir un imposible?

    Siempre hago el fallido de al decir algo, decir otra cosa. Invento incluso palabras y registro esto recién en las caras de los otros que parecen señalarme como una insurrecta, una 'trucha' que quiere hacer creer que sabe algo de Lengua y Literatura. Es que la torpeza, la falta de interés, el efecto lúdico o el encantamiento de una sonoridad son los que hacen que diga algo en vez de otra cosa. ¿Quién podría arrojar la primera piedra?

    Este juego empezó en mi infancia. Papá hablaba 'raro'. Dos por tres sacaba de la vaina de su lenguaje una palabra que desencajaba: mientras nuestros vecinitos y primos eran 'chicos' a los ojos de los otros, nosotros éramos los 'gurises' en un pueblo bonaerense. Mamá, en cambio, pronunciaba todas las palabras inglesas a la perfección. Y, en su carácter de Profesora de Inglés, nunca abandonaba la rigurosidad fonética. Por eso nosotros íbamos a comprar Royal al almacén de Trombeta, que nos miraba confundido porque decíamos 'rói-al', acentuando bien fuerte la primera sílaba y pasando la 'y' (que cualquiera de nuestros amigos hubiese pronunciado 'ye') de largo.

    Pronto entendí que podíamos reírnos de eso. Casi al mismo tiempo empecé a pronunciar la 'g' (sin ningún tipo de voluntad o conciencia) como la inicial de 'gato'.  En todas las palabras que tuvieran 'g'. Por eso aseguré que la gente iba a la iglesia a rezarle a la virgen (la g pronunciada con la lengua cerca del paladar y dejando salir el aire).

    Después llegaron las sorpresas y las alucinaciones, cuando comencé los estudios de inglés en el Instituto de mamá y aprendí que 'moon' no es igual que 'luna'. Porque 'moon' es gótica, casi vampírica y se asoma en medio de un cielo oscuro y brumoso; mientras que 'luna' es clara y resplandeciente, inmenso sol nocturno que ilumina el campo. Así el idioma me trajo confusiones que acarrearon no sólo problemas ortográficos en mi poco entrenado castellano. Por supuesto y claro, aprendí palabras primero en inglés sin saber que existían en nuestra lengua. Hasta hoy llegan primero así a mi mente poco pragmática y me veo en el enredo de pensar cómo se dicen en castellano. 

    Esta columna es el registro de esa confusión. En la facultad, latín profundizó la desesperanza de creer en el sentido unívoco y referencial de las palabras y ya supe que 'pater' no es lo mismo que 'padre'. Tampoco la cadencia y el ritmo que traen.

    Hubiese querido aprender francés, italiano, portugués. Me gusta poner en crisis el lenguaje porque es poner en crisis también el lente con que miro el mundo, con el que lo nombro y pretendo atraparlo. Es que siempre se me escurre entre los dedos.

    En detrimento de los cimientos del propio lenguaje, hace unas semanas atrás empeoré las cosas y me anoté en un curso de chino. Las primeras clases se centraron en la música de las palabras: cuatro tonos, cuatro significados, la misma palabra. Tardé varias semanas para entenderlo. Aún lo intento. Es difícil deshacerse del propio idioma y entrar en el otro que menciona otro mundo, otra manera de ordenarlo. Es como bailar una música desconocida siguiendo torpemente los pasos de una coreografía que no sabemos. El chino además reviste otra dificultad: sus caracteres o ideogramas. Desprovistos del propio alfabeto, mis compañeros y yo improvisamos pasos torpes, comprendemos que 'boca' es ? (k?u en Pinyín). Nuestra profesora nos explica una y otra vez que la 'y' no suena como en el castellano rioplatense y que pasa a ser 'i'. La miro sonriendo, yo lo aprendí hace tiempo con 'rói-al'. Por ahora apenas leemos en Pinyín, la transcripción de los caracteres chinos a nuestro alfabeto, aunque dos por tres conseguimos reconocer ideogramas.

    Nuestros nombres propios no podemos escribirlos en chino, no tienen traducción. Es como si la lengua no nos dejara entrar, nos limitara en su mundo musical y referencial y nos dejara en las fronteras.

    En cada lengua creo escuchar algo que sus propios hablantes no parecen advertir: lo que trae al mundo, lo que canta, su cadencia y su silencio, su música. Aunque a veces yo también hable por hablar, como hacen los niños, para escuchar en uno u otro idioma (aprendido o inventado) el encantamiento de la música del lenguaje, para decir sin decir nada, para callar incluso. 

    Nuestro lenguaje habla pero no sabemos escucharlo. 'Haré un verso de absolutamente nada', anota María Negroni citando a Guillaume D'Aquitaine. Y agrega: 'Esa ha sido siempre la ambición del poema: ser la acústica del alma para oír no lo que dicen las palabras, sino aquello —vinculado al origen, la escisión, la finitud— que siempre se sustrae de las redes del lenguaje' (Colección permanente).

    Esa acústica donde resuena en otra melodía la música de la lengua.

 

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