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La violación de Venezuela y el deber argentino de decir no

03/01/2026
La violación de Venezuela y el deber argentino de decir no

Por Emanuel Perez. Abogado 

Resulta una contradicción biológica, casi ontológica, pretender ser argentino y, al mismo  tiempo, validar la violación territorial que los Estados Unidos acaban de perpetrar en Venezuela.  No se trata de afinidades ideológicas ni de simpatías partidarias; se trata de una cuestión de  supervivencia nacional. Quien ha nacido en esta tierra del sur, marcada a fuego por la usurpación  de las Islas Malvinas, lleva en su ADN político la comprensión de que el territorio es inviolable.  Aplaudir que una bota extranjera pise el suelo de una nación hermana es, por transitividad,  escupir sobre nuestra propia historia diplomática, esa que desde la Doctrina Drago y la Doctrina  Calvo ha enseñado al mundo que la fuerza no genera derechos y que la soberanía no se plebiscita  en los despachos de Washington. 

La memoria es una herramienta que a veces se oxida si no se la usa. Por eso, hoy es  urgente viajar a enero de 1923. En aquel entonces, la República Dominicana sufría la ocupación  militar estadounidense. El presidente argentino Hipólito Yrigoyen ordenó que el crucero 9 de Julio hiciera escala en Santo Domingo, pero con una instrucción tajante, que retumba hasta hoy como  un mandato ético: si la bandera que ondeaba en el puerto no era la dominicana, sino la de los  ocupantes, no habría saludo de honor. El barco argentino entró, vio el pabellón de las barras y  estrellas usurpando el cielo caribeño, y guardó un silencio atronador. No hubo salvas, no hubo  reconocimiento. Fue un acto de dignidad inmensa que nos definió como nación: Argentina no  saluda ocupantes. Argentina no valida la ley de la selva. 

Ese es el espejo donde debemos mirarnos hoy ante los hechos en Caracas. Porque la lógica  que impulsa a Estados Unidos a intervenir militarmente en Venezuela es idéntica a la lógica  colonial que mantiene al Reino Unido en nuestras Malvinas. Es la creencia arrogante de que  existen pueblos de primera y pueblos de segunda; de que hay naciones destinadas a mandar y  otras a obedecer. Permitir o justificar esta intromisión bajo excusas de "ayuda humanitaria" o  "restauración del orden" es abrir la puerta a que mañana, cualquier potencia decida que nuestros  recursos o nuestras decisiones soberanas también requieren de su tutela armada. 

No podemos ser ingenuos. América Latina tiene cicatrices que todavía supuran. El Plan  Cóndor no fue una fantasía paranoica; fue una maquinaria sistemática de muerte y desaparición,  financiada y orquestada desde el norte para disciplinar a una región que osaba pensar por sí  misma. Las consecuencias de aquel intervencionismo las pagamos con décadas de retraso  institucional, con economías quebradas y, lo más doloroso, con la sangre de miles de  compatriotas. La Doctrina Monroe, que postula "América para los americanos" (léase, para los  norteamericanos), no es una pieza de museo. Está viva, respira y se reafirma cada vez que líderes  como Donald Trump declaran sin ruborizarse que Estados Unidos "va a gobernar Venezuela" o que  nuestros recursos naturales les pertenecen por derecho divino. 

Ahora bien, y para que no existan interpretaciones malintencionadas: defender la  soberanía de Venezuela ante la agresión externa no implica, bajo ningún punto de vista, firmar un  cheque en blanco a su gobierno actual ni mirar hacia otro lado ante sus crisis internas. Rechazar la 

invasión no es justificar autoritarismos ni violaciones a los derechos humanos locales. Al contrario,  la verdadera defensa de la nación venezolana exige una salida democrática, urgente y genuina. 

La solución a los problemas de Venezuela debe ser venezolana. Debe nacer de las urnas,  no de los fusiles de un marine. Exigimos el cese inmediato de la intervención extranjera para dar  paso a lo único que puede sanar a una sociedad fracturada: elecciones libres, transparentes,  monitoreadas por organismos internacionales imparciales, donde sean los ciudadanos —y solo  ellos— quienes decidan su destino. La democracia no se exporta a bombazos ni se impone con  bloqueos; se construye con votos. 

Hoy debemos elegir gritar que América Latina sea zona de paz y que ningún imperio tiene  jurisdicción sobre nuestra dignidad. 

Los pueblos son sagrados para los pueblos.

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