NO LO HICIMOS NADA MAL
Por Juliana Chacon
Las escalinatas del edificio municipal están encendidas. A los costados, ramos de rosas. Una pantalla gigante. Filas de sillas. Un vallado separa la escena del resto de la plaza principal de la ciudad. Hoy es el Baile de Egresados. Más de trescientos alumnos del nivel secundario de Chacabuco se preparan para bajar las escalinatas. Los locutores dan la bienvenida. Los drones vuelan sobre el público. Ya es de noche. Es una noche fresca alejada todavía del calor del verano. Entre los adolescentes egresados está mi hijo mayor.
'No lo hicimos tan mal', le digo a una de mis amigas a la mañana siguiente y nos abrazamos. Sabemos que en poco más de un mes nuestros hijos migrarán a otra ciudad en busca de una formación universitaria. Son chicos aún. Apenas tienen dieciocho o hasta diecisiete años. Nos abrazamos. Recordamos cuando nuestros hijos iban al jardín y le festejamos el cumpleaños a un peluche al que su hija había llamado Anita. Hicimos la torta, inflamos los globos, cantamos. Mi hijo festejó disfrazado del Hombre Araña. Hace poco nos apareció la foto entre los recuerdos de Facebook.
Hace un par de horas atrás nuestros hijos bajaron por las escalinatas de la Municipalidad y eso (que es tradición acá) es una especie de ceremonia de adultez, más allá del hiperconsumismo de vestidos, trajes, zapatos, maquilladoras, peluqueras, manicuras, de los cuerpos posando en una especie de modelaje. Esta ceremonia repetida a lo largo de generaciones, al igual que el cumpleaños de 15 o el de 18, pareciera ser un cierre de etapa y el comienzo de otra. Aunque sepamos que el pasaje se alarga en los tiempos singulares de cada adolescente y que es un proceso, allá estamos los padres, los hermanos, los abuelos, los tíos.
Vienen otros tiempos en los que los más de trescientos egresados decidirán sobre los caminos a seguir: trabajar o seguir estudiando o las dos cosas a la vez. Después, después sabemos (aunque no lo decimos) está la vida y sus ritmos y sus pulsaciones que harán del camino probablemente otra cosa, mejor aún o no. No lo sabemos. No podemos anticipárselo.
Nos toca soltarlos, confiar en el amor y los valores que cada uno de nosotros les inculcamos. Nos da vértigo. Se nos compactan en la mente imágenes del pasado y del presente: sus manos agarrando fuerte nuestro dedo índice (porque nuestra mano era demasiado grande al lado de la de ellos) para entrar a la salita de maternal, sostenerlos a upa hasta que perdieran la vergüenza o el miedo, presentarles amiguitos que estaban en las mismas condiciones, huir ante el menor descuido mientras se iban adaptando, el olor de la mochila del jardín (esa mezcla de galletitas y mugre que no se le iba), el cubre a cuadros azul desabrochado, la corbata con sus nombres a medio arrancar, los mocos y la tos que duraban al menos un año, las zapatillas con arena, el fondo de la mochila de primer grado adonde iban a parar pedazos de lápices y hojas, la letra de sus primeros cuadernos, las canciones que aprendimos a cantarles y que tarareamos toda nuestra jornada laboral, los cuentos que les leímos antes de dormir una y otra vez, los vasos de plástico con chocolatada desparramados por toda la casa después de una reunión de amigos, el Pervinox sobre las heridas de 'batalla', las curitas, las gasas, los pufs, los baños para bajar la fiebre, las veces que los acunamos cantándoles Sana-sana, los cumpleaños, las velitas, ellos en el mar, en la nieve, las primeras salidas, las veces que los ayudamos a estudiar, las veces que nos olvidamos el mapa o el tubo de cartón del papel higiénico, las primeras charlas confesionales, los abrazos en los que nos sobrepasan, cuando los sostuvimos por primera vez sobre nuestro pecho.
'No lo hicimos tan mal' le digo a mi amiga y las dos sabemos qué es todo lo que está detrás de la frase. Por eso nos abrazamos.
Crecen demasiado rápido. Hace una semana atrás viajaron a llevar la documentación necesaria para inscribirse en la Facultad. Se les notaba la libertad en la cara, la felicidad de elegir un rumbo propio. No esperábamos que el tiempo pasara a esta velocidad. Nos distrajimos quizás. Nos olvidamos de enseñarles cosas. Sabemos que no será suficiente. Que parte, gran parte, la aprenderán en sus propios caminos.
Mi hijo, vestido con traje por primera vez, baja las escalinatas. Es alto y joven y hermoso. Aunque para mí siga apretando con fuerza mi dedo índice mientras entramos por primera vez a la salita de maternal.
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