Nos siguen pegando abajo
Por Juliana Chacon
Cuando se elige (si es que realmente se está eligiendo y no hay nada del orden del mandato ni de las urgencias económicas), cuando se escucha el 'llamado' de una vocación, nunca se piensa en que esa vocación traerá aparejada la violencia.
Quienes ejercemos la docencia lo hacemos no sólo por vocación, sino porque representa para nosotros un trabajo que lleva detrás el compromiso de seguir formándonos, además de tener un título de base que nos habilita para entrar a las aulas. Trabajo cuyas horas laborales suman las de dentro de las escuelas y las horas, parvadas de horas, fuera de la escuela. Montones de pilas para corregir, montones de libros por leer (porque sería realmente un espanto dar siempre lo mismo sin mirar a quién), montones de películas por mirar (porque lo audiovisual siempre es más accesible para las generaciones que no pueden quitar los ojos de las pantallas), montones de aplicaciones que tenemos que aprender a usar, montones de horas en las que nos reunimos con otros profes para coordinar qué vamos a dar, montones de WhatsApp que nos llegan por fuera de nuestro horario laboral para informarnos: cierres de notas, proyectos institucionales, inasistencias de alumnos que faltaron con la imagen adosada del certificado médico, conflictos escolares, solicitud de informes acerca del desempeño del alumno Fulano, jornadas especiales, fotos de proyectos que hicieron los alumnos de la escuela con otros profes, recordatorios de jornadas especiales, convocatorias de participación, divulgación de cursos con puntaje dados por el Ministerio de Educación, felicitaciones por el día de la madre, del padre, del profesor, del bibliotecario, del director, del preceptor, etc., etc., etc. Es agotador, realmente desquiciante.
¿Por qué nos quedamos, entonces, trabajando durante veinticinco años? Me apuro a decir que porque apostamos al futuro, a esos pibes que están sentados ahí, riéndose, contando anécdotas, enojándose con nosotros porque les llamamos la atención, a esos pibes a los que aburrimos muchas veces hasta el hartazgo, a esos pibes a los que vemos crecer, aprender voluntaria o involuntariamente, reír, llorar, entristecerse, alegrarse, a ellos.
Pero no todo es altruismo. Trabajamos ahí porque cobramos por eso, es nuestro sostén económico, es la olla que paramos para nuestras familias. O lo hacíamos porque nuestro trabajo llega a modos de precarización extrema el día de hoy. No sólo trabajamos parvadas de horas, sino que nuestro salario cayó estrepitosamente. Alcanza decir que la inflación acumulada del 2026 es de 23.6 %, durante los primeros nueve meses del año, y que a los docentes de la Provincia de Buenos Aires nos aumentaron en total, en 2026, el 16%. Nuestro salario descendió no solo por una pérdida del 8.6 % sino porque a esto se suma que el Gobierno Nacional incumple la ley 25.053 del FONID, un monto logrado después de años de la Carpa Blanca, en 1998. Siempre uso el ejemplo de mi tía abuela que trabajó de maestra, habrá sido por 1950, y cobraba lo mismo que un gerente del banco. Ahora los docentes no alcanzamos el salario de una cajero de banco. Si piensan que me salgo de territorio, basta ver que hay empleados bancarios en el sistema público.
En las escuelas vemos además adolescentes y niños arrasados por las crisis económicas y sociales, abusos sexuales, violencia física, violencia psicológica, hambre, consumos problemáticos, autolesiones, que trepan a la velocidad con la que trepa el malestar social absorbido por la escuela como si esta fuera una esponja. Nos piden que contengamos esas situaciones y nosotros, que no tenemos formación específica en psicología ni en asistencia social, trepamos a la ola de la violencia social intentando surfearla sin generar más caos. Apagamos el fuego con las manos. Ponemos nuestros cuerpos entre chicos que se pelean o entre un compañero o compañera cuando un padre o madre entra a la escuela escupiendo amenazas de toda índole. Entramos al aula apenas toca el timbre porque alguien tiene que ocuparse de los chicos. Nadie nos capacita ni nos forma para esto. Sólo nos llegan instrucciones para desarmar a un alumno o los pasos a seguir cuando se agarran a las piñas. Las leemos en los recreos o nos llegan por whatsapp. A los cinco minutos entramos al aula, a dar clases con nada porque los pibes, claro como todos, no tienen plata para la fotocopia ni para el libro, muchos no tienen celulares o si los tienen los usan para jugar a los jueguitos (por los que tendremos que lidiar con ellos para que dejen de hacerlo y se enganchen con la propuesta docente cuando no llega un familiar a la escuela para increpar al docente porque quién se cree que es para decirle a su hijo lo que tiene que hacer o sacarle nada). Por eso buscamos distintas estrategias y otro día llevamos una peli, pero el control remoto de la tele no tiene pilas o falta el cable que conecta la tele con la compu o no hay wifi para verla online. Es como pedirle al plomero que arregle de palabra una canilla. Igual lo intentamos. Seguimos yendo. Y cuando el estrés hace un pico, hay ataques de pánico, nos enfermamos, el sistema de licencias no acepta lo estipulado por nuestro médico de cabecera o la mutual obligatoria que tenemos no cubre el tratamiento.
¿Por qué seguimos trabajando ahí? Porque apostamos por el futuro, suturamos la violencia social, damos herramientas de pensamiento, llevamos el legado histórico y social del conocimiento construido a lo largo de la historia, hacemos soñar, imaginar, creer en sí mismos a esos pibes que están sentados ahí. Porque creemos que nadie de este mundo podría pensar en eliminar las escuelas, ni abierta ni subrepticiamente.
Relacionadas
