Sigamos hablando de Venezuela
Por Gustavo Porfiri
'A finales de agosto, en paralelo, Donald Trump y Delcy Rodríguez anunciaron un acuerdo petrolero entre EE.UU. y Venezuela. Según el mandatario, sería "el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial", lo que era de esperar viniendo de alguien que califica así sus acciones hasta cuando sale del baño.
El pacto de crudo pondría a EE.UU. en una posición mayoritaria de cara a la explotación de 17 campos petroleros venezolanos con potencial para extraer alrededor de 65.000 millones de barriles. Esta cantidad es equivalente, aproximadamente, a una quinta parte de las reservas probadas de Venezuela, que son, por cierto, las mayores del planeta.
Esos datos son, digamos, de momento, los más duros e incontrovertibles que se conocen. Sin embargo, otros todavía generan cierta incertidumbre. Por ejemplo, mientras medios estadounidenses hablan de una duración de un siglo, la presidenta encargada de Venezuela se refirió a 25 años en su alocución al respecto.
Delcy Rodríguez puso como objetivo elevar la producción en estos campos hasta el millón y medio de barriles diarios, lo que requeriría una inversión extranjera –principalmente estadounidense- de unos 100.000 millones de dólares. Según cálculos de su Administración, esto reportaría más de 200.000 millones de ingresos al Estado venezolano, repartidos a lo largo de ese futuro cuarto de siglo de acuerdo. Es decir, casi 20 dólares por barril extraído. O, en otras palabras, unos 30 millones de dólares diarios, cuando se alcance ese nivel de producción.
La cosa es que ese nivel de producción no se alcanzará mañana ni pasado mañana, sino, según varios cálculos de expertos, llevaría casi una década. Eso suponiendo -que es bastante suposición- que los inversores lleguen en los números y tiempos previstos. Hay que tener en cuenta, además, que, de los 17 campos mencionados en el pacto, apenas la mitad de ellos están hoy activos. Los demás son lo que en jerga petrolera se denomina "campo verde", es decir, una zona virgen en la que hay cero infraestructura y prácticamente todo por hacer.
Como ven, el anuncio, por muy grandilocuente que suene, tiene mucho más de anuncio que de realidad tangible de efecto inmediato. Y, por tanto, sus consecuencias, sean las que sean, no tendrán un impacto real pronto o, en una situación geopolítica global tan cambiante como la que vivimos últimamente, quizá lo tengan en mucho menor medida o, directamente, no lleguen a tenerlo nunca. Esto hay que tenerlo muy presente a la hora de analizar el anuncio.
Lo que ocurre es que, desde el 3 de enero de 2026, muy comprensiblemente, todo lo que sucede o deja de suceder en Venezuela es escrutado al detalle tanto dentro como fuera del país. Y, también en el marco de este acuerdo, volvemos a insistir en la importancia de ponerse en el lugar del otro antes de señalar o, en el sentido inverso, antes de reaccionar a señalamientos.
Por un lado, la agresión estadounidense y el secuestro de su presidente dejó al país, desde el punto de vista militar, en la encrucijada de, o bien lanzarse a una resistencia armada frontal (sin las capacidades, experiencia ni tradición de, por ejemplo, Irán), con un inmenso saldo sangriento en contra (a EE.UU. le basta con bombardear desde lejos para causar decenas de miles de bajas militares y civiles sin mayor esfuerzo ni poner un pie en el país) y muy escasas posibilidades de éxito, o bien someterse como quien tiene las manos atadas y una pistola pegada al cráneo, en espera de algún momento propicio para zafarse.
Por supuesto, someterse implica hacer concesiones dolorosas (en ocasiones nauseabundas) y créanme que yo, como muchos, personalmente, siento ese dolor (y esas náuseas) más a menudo de lo que me gustaría.
Por todo esto, obviamente, este sometimiento no es del agrado de muchas personas, tanto dentro como fuera del país, pero –les hablo personalmente otra vez- yo no sería capaz de juzgar o criticar ese sometimiento sin antes dar el ejemplo y no sé, mínimo ir a la Embajada estadounidense más cercana y pinchar los cauchos de los vehículos de sus diplomáticos, por decir algo, para contagiar ánimos de resistencia a costa de enfrentar las consecuencias que sean.
Por el otro, quienes están de acuerdo –así sea porque no ven alternativa- con esa estrategia de someterse en espera de oportunidades mejores tienen que entender que van a recibir muchas más pedradas que flores por eso, particularmente entre amigos o amigos decepcionados. Porque el recorrido histórico de la Revolución Bolivariana atrajo a personas (dentro y fuera de Venezuela) precisamente por su indomable negativa a someterse.
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