Tambos cerrados, vasos vacíos
La lechería argentina atraviesa un escenario de profundas contradicciones. De acuerdo con los últimos datos oficiales, la producción nacional de leche creció un 4,5% en los primeros ocho meses del año, alcanzando niveles récord. De la mano de este impulso, las exportaciones también marcaron marcas históricas al aportar más de 1.100 millones de dólares. Sin embargo, estas cifras del sector externo no logran ocultar una realidad muy dura para el entramado productivo del interior bonaerense.
Detrás de estos números se esconde un proceso severo de concentración y deterioro económico para el eslabón más débil del sector. La facturación del tambo promedio cayó un 10% interanual debido a un precio pagado al productor que no cubre los costos. En este contexto, la rentabilidad de los establecimientos pequeños y medianos permanece en terreno negativo. La consecuencia directa es implacable: en menos de tres años han cerrado más de 1.300 tambos en el país, lo que representa una pérdida superior al 13% de las unidades productivas.
En el plano social, la brecha de ingresos refleja las dificultades del consumo interno para consolidar un plato fuerte de nutrición básica en las familias de menores recursos. Asistimos así a una cruel paradoja: mientras la escala agroindustrial rompe marcas de litros y divisas, la producción familiar naufraga y el mapa rural pierde a sus productores. Sin políticas sostenibles que defiendan el precio en la tranquera y contengan a las pequeñas empresas, el éxito del modelo correrá el riesgo de medirse en litros récords con cada vez menos tamberos en el campo.
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