Aquellas fiestas de fin de año en el Chacabuco rural
En su libro 'Historias de gente común', el exvecino Carlos Alberto Berrueta, que pasó su niñez en un campo de la zona de Membrillar, recrea cómo eran los festejos de fin de año en el Chacabuco rural de mediados del siglo pasado, cuando los encuentros familiares requerían de una planificación meticulosa que debía tomar en cuenta las contingencias del clima y la infraestructura de la época.
La liturgia organizativa de las fiestas, escribe, comenzaba muchos días antes del 24 de diciembre. En esas circunstancias, los almacenes de ramos generales eran el primer eslabón de abastecimiento. El autor recuerda nítidamente el viaje que hacía su padre a Membrillar para comprar en el almacén 'de Lorenzo" un cajón de cerveza -"medio de blanca (cristal) y medio de negra (bock)"-, lo cual marcaba el inicio oficial de la fiesta navideña.
En esos tiempos en que la electricidad no había llegado al campo y no había heladeras, enfriar la bebida era una obra de ingeniería criolla. Las botellas se ponían desde temprano en un balde con agua extraída directamente de la bomba manual. Cuenta Berrueta que en los días de reunión mayor, cuando la familia se encontraba 'en lo de los abuelos', el método se volvía más complejo: se cavaba un pozo en la tierra, bajo la densa sombra de los árboles, se llenaba de agua fresca que la arcilla iba absorbiendo lentamente, y se resguardaban allí las botellas, cubiertas con bolsas de arpillera húmedas.
Años más tarde, el progreso traería las barras de hielo que se compraban tras largas colas en la usina de la Suizo Argentina Compañía de Electricidad, que estaba situada en la esquina de San Juan y Pueyrredón, donde los viejos generadores a explosión daban corriente continua a la ciudad.
Mientras tanto, las madres viajaban en los días previos al centro de Chacabuco para abastecerse de lo que la quinta no proveía, como turrones, sidra, pan dulce y las codiciadas frutas secas.
Señala el autor que el menú de Nochebuena estaba estrictamente ligado a los frutos de la tierra. El plato estrella eran los zapallitos rellenos, una especialidad materna que dependía de que los primeros vegetales de la quinta hubiesen alcanzado la maduración justa.
Al día siguiente, bien temprano, la procesión hacia la casa de los abuelos Berrueta se iniciaba a pie si la distancia lo permitía, cargando canastas de mimbre repletas de vituallas. Allí, el escenario de la Navidad cobraba su forma definitiva: las mesas largas se tendían bajo la generosa sombra de la parra o en el corredor del rancho. Previo al gran banquete, que solía incluir ravioles o lechón asado el día anterior, se servía el fiambre casero y, como una auténtica novedad de la época, estaba la mayonesa de ave casera, cuya preparación generaba encendidos debates entre las tías sobre el punto exacto del batido y el hilo de aceite para que no se cortara la emulsión.
Las mujeres de la familia aprovechaban la ocasión para estrenar prendas generalmente confeccionadas por ellas mismas, en una sana y coqueta competencia de costura. Los hombres, tras el almuerzo, repasaban el balance del año que expiraba y se trenzaban en discusiones sobre la situación del país y las inevitables críticas o elogios al gobierno de turno, según la ideología de cada cual. Al caer la tarde, llegaban los novios de las tías solteras -quienes de a poco "iban entrando en la familia"- y no faltaban los partidos de fútbol entre tíos y sobrinos.
La llegada del Año Nuevo, escribe Berrueta, implicaba mudar la geografía familiar. La semana de espera culminaba en la casa de los abuelos maternos, de apellido Iturain. Allí se desplegaba un banquete en el que el lechón y el cordero se disputaban el protagonismo. Eran, dice, celebraciones multitudinarias que congregaban a más de 25 comensales en mesas lideradas por los patriarcas familiares.
Al atardecer, cuando la sidra y el pan dulce ya habían circulado entre la familia y los vecinos que caían de visita, la voz paterna ponía fin al encuentro con frases como "ya es tarde" y "mañana hay que madrugar".
Aquellas fiestas en el Chacabuco rural de mediados de siglo, concluye Berrueta, fueron mutando con el tiempo, "agregando primero y restando después comensales, por el implacable paso del tiempo".
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