Auge y caída de la cabaña San Gregorio
En uno de los confines del partido de Chacabuco, sobre las márgenes del río Salado, se erigió a finales del siglo 19 uno de los establecimientos rurales más prestigiosos y avanzados de la provincia de Buenos Aires: la cabaña San Gregorio.
El origen de este establecimiento modelo que durante décadas fue sinónimo de vanguardia ganadera se remonta a la visión de don Gregorio Villafañe. Nacido en la antigua Guardia de Luján (hoy Mercedes) hacia 1835, Villafañe no tardó en consolidarse como un influyente empresario, hacendado y funcionario respetado en todo el oeste bonaerense. Su pericia para los negocios lo llevó a fundar importantes almacenes de ramos generales en localidades clave como Mercedes, Chivilcoy, Bragado, Nueve de Julio y Chacabuco.
Fue precisamente en el Cuartel 3 del partido de Chacabuco donde, hacia 1880, Villafañe dio el puntapié inicial a su proyecto más ambicioso. Allí adquirió una superficie inicial de dos leguas cuadradas a la sucesión de Tomás Drysdale, un poderoso importador británico de maquinaria agrícola con quien mantenía estrechos vínculos comerciales.
El profesor Oscar Melli escribió en uno de sus libros que aquella primitiva extensión, que limitaba con apellidos históricos de la zona -como Viademonte, Soto, Benítez, Castex, Pearson y Fuster-, comenzó a cambiar su fisonomía de inmediato. En abril de ese mismo año, Villafañe solicitó el permiso municipal para alambrar su campo, un hito que no estuvo exento de debates lógicos de la época: los inspectores locales advirtieron que la propiedad era cruzada por dos caminos públicos vitales -uno que conectaba Junín con Chivilcoy, y otro que partía desde el centro de Chacabuco hacia Bragado, cruzando el río Salado-, obligando al propietario a instalar tranqueras para no interrumpir el tránsito de carretas y arrieros.
La verdadera consolidación territorial de San Gregorio llegó en octubre de 1898, cuando Villafañe adquirió en pública subasta el casco de la "estancia grande" de la testamentaría de J. B. Dowling. Fueron 2.699 hectáreas linderas rematadas por la imponente suma de 207.407 pesos moneda nacional, una cifra astronómica para la época, que incluía alambrados, poblaciones y mejoras sustanciales.
Con esta anexión, cuenta Melli, la cabaña se transformó en una unidad productiva colosal y autosuficiente. Para finales del siglo 19, las crónicas del diario La Nación de Buenos Aires ya destacaban a San Gregorio como un orgullo nacional, elogiando la suntuosidad de su casa principal y el orden estricto de sus planteles.
El establecimiento funcionaba como una pequeña comunidad. Alrededor de 50 empleados fijos componían el personal efectivo, rígidamente jerarquizado. Había desde mayordomos y encargados de escritorio hasta pintores, jardineros, cocheros, aradores y especialistas para cada galpón (padrillos, carneros y toros). Además, ocho familias enteras vivían en los puestos de la estancia, sumando otras 40 personas a las que se agregaban, de forma temporaria, cerca de 50 asalariados más durante las épocas de mayor actividad.
Para coordinar semejante cantidad de personas, don Gregorio redactó en 1897 un reglamento interno implacable. En sus páginas se prohibía la tolerancia ante las faltas, se exigía respeto mutuo estricto entre capataces y peones, y se elevaban a la categoría de normas sagradas la higiene, la contracción al trabajo y la hospitalidad hacia los caminantes que andaban de paso por la pampa.
'A un peón se le puede perdonar un error en el trabajo, porque hasta cierto punto se pudiera haber evitado si hubiese sido bien dirigido, pero jamás se le debe perdonar una falta de respeto, pues ella, impune, trae otras consigo y de otros peones', expresaba uno de los artículos.
Tras la muerte del fundador, en diciembre de 1905, su hijo Domingo asumió las riendas con el mismo fervor técnico. Bajo su dirección, San Gregorio se convirtió en un laboratorio de vanguardia genética, experimentando con cruzamientos de razas que hoy son pilares de la ganadería argentina: vacunos Hereford y Shorthorn, lanares Lincoln, cerdos Berkshire y equinos Clydesdale y Hackney.
Los frutos no tardaron en llegar. En la Exposición de la Sociedad Rural Argentina de Palermo de 1908, el toro Matterhorn 30, de la sucesión Villafañe, se consagró Campeón Hereford, barriendo con los premios más importantes del certamen, incluida la Copa América. A lo largo de las décadas de 1920 y 1930, la cabaña diversificó su producción sumando la avicultura fina (con gallinas Plymouth Rock batarazas de altísimo rendimiento) y logrando cotizaciones récord en los exigentes mercados británicos para sus cerdos.
El prestigio de San Gregorio era tal que trascendió la frontera económica para convertirse en una referencia educativa. Durante las primeras décadas del siglo XX, era habitual ver llegar al establecimiento a contingentes enteros de alumnos de las escuelas de Chacabuco y localidades vecinas, quienes realizaban viajes de estudio junto a sus maestros para observar de primera mano los adelantos de la ciencia agropecuaria.
Sin embargo, como ocurrió en esos tiempos con otros establecimientos, los ciclos económicos y los cambios en los modelos de explotación rural marcaron un límite. En el año 1948, tras casi siete décadas de esplendor y de haber fijado un estándar ejemplar para la ganadería nacional, la cabaña San Gregorio cesó definitivamente en sus actividades. Aún así, sigue vive su historia, que se fue transmitiendo de generación en generación del ámbito agropecuario como un establecimiento modelo que supo estar a la vanguardia de la ganadería nacional.
(La ilustración que acompaña esta nota le fue compartida en su momento al profesor Oscar Melli por el señor Enrique Villafañe y corresponde a una vista de la casilla fundadora de la cabaña San Gregorio)
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