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Bibliotecas robadas

13/08/2026
Bibliotecas robadas

Por Juliana Chacon

 

Ya lo demostró Roberto Arlt en El juguete rabioso (1926): las bibliotecas también pueden ser objeto de robos. Eso hace Silvio Astier, junto con el Club de los Caballeros de la Medianoche, buscando salir de la miseria a través de la apropiación de los símbolos culturales. Esta novela artliana no es una curiosidad. Es la exposición de una hecho fáctico que se repite a lo largo de la historia.

Uno de los robos más curiosos y no tan conocidos es cuando, en agosto de 1997, un par de hombres ingresaron a la Biblioteca 'Bernardino Rivadavia' de Villa Ballester, a eso de las 18 hs. Uno de ellos se acercó a la sección de Literatura Argentina sin decir una palabra. Minutos más tarde, el segundo hombre entró, se acercó a la secretaria de la Biblioteca y le pidió permiso para apoyar un bolso grande sobre el mostrador mientras aseguraba que se iba a llevar toda la colección de Borges. La secretaria confundida preguntó si era socio cuando alcanzó a ver que el hombre tenía un cartucho de escopeta en la mano. 'Por las buenas o por las malas', le dijo el hombre. Y amenazó con sacar la escopeta. Abrió el bolso y mostró un revólver. Inmediatamente después sacó otro bolso con rueditas y se lo tiró al que había entrado primero. Fue él quien cargó los 50 tomos de Borges, entre los que se encontraban los que había escrito con Adolfo Bioy Casares. Los libros eran viejos y no estaban en óptimas condiciones, subrayados y escritos por los chicos que los consultaban. Algunos incluso estaban repetidos. Ninguno de estos libros tenía un valor especial. Valían más la videocasetera, el televisor o las computadoras.

Este caso del robo de los libros de Borges en Villa Ballester no es el único. También fue robada la primera edición de Fervor de Buenos Aires de la Biblioteca Nacional cerca del año 2000 y los manuscritos 'Pierre Menard, autor del Quijote' y 'La Biblioteca de Babel' de una Feria de Libros Antiguos en Hamburgo, en 2006. Pero, vale aclarar, valuadas en millones.

El asunto del robo de libros se repite a lo largo de la historia más allá de las lecturas sociológicas que podamos hacer. ¿Quién no tiene en su biblioteca un libro que sabe no le pertenece y debería devolver a su dueño? Acusando distracción u olvido, el libro sigue ahí y el dueño sin su libro. 

Hay un viejo chiste que dice algo así: 

ACTO 1: Juan tiene cinco libros en la biblioteca. 

ACTO 2: Juan tiene cuatro libros en la biblioteca y un cadáver.

¿Cómo se llama la obra?

Quienes leemos somos ciertamente fetichistas y acumuladores. Podemos tener cuatro ejemplares del mismo libro. La acumulación se justifica porque la edición tal tienen prólogo de X. La otra edición es anotada. La tercera es la corregida por el autor. Y la cuarta es una edición tan hermosa. Sin embargo, que ninguno de ellos falte porque entonces, entonces.

Suelen preguntarme si anoto los libros que presto. Ya no. Es inútil. Después de pasar listas de libros que nunca me devolvieron de una a otra agenda, año a año, pedirlos, insistir, recibir como respuesta: Te lo devolví. ¿Te acordás que te lo di el día que viniste a casa? y no poder recordarlo; comprobar que el libro no está; preguntarme si lo habré vuelto a prestar; tampoco recordarlo; saber que quedará en la lista de libros prestados para siempre, comprobé que es tarea perdida.

A veces busco en algún estante uno de los libros y descubro que ese está también en la lista de libros prestados, que nunca lo taché, que está anotado junto con el nombre del deudor, que para mí es ya ladrón. Quitarle el mote de ladrón, tacharlo de la lista delictiva, es una tarea piadosa pero también engañosa.

Que arroje la piedra el que esté libre de pecado. No podría. Cada vez que me mudo, descubro que algún libro que estoy poniendo en una caja no es mío. Después lo devolveré, cuando desarme la caja. Pero las mudanzas son ciertamente agotadoras. Y la tarea meticulosa con la que empaquetamos libros, tratando de conservar la categoría: literatura argentina, ensayos, literatura infantil, poesía latinoamericana, literatura rusa, raros, rarísimos, joyitas, se vuelve un caos en la nueva casa, donde los libros parecen exigir nuevas categorías, nuevos estantes y ¿por qué no? nuevos dueños, los poseedores, ignorando la categoría de préstamo y convertidos en ladrones.

Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón porque nadie, nadie (podría casi adivinarlo) que esté leyendo esto ahora puede andar sus ojos por toda la biblioteca de su casa sin descubrir el libro robado.

 

 

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