Chacabuco: 161 años entre el amor y el odio
Por Juliana Chacón
El miércoles pasado la ciudad de Chacabuco cumplió 161 años desde su fundación. Un poblado, primero, que fue haciéndose de habitantes venidos de más acá y más allá y que no tiene registros de los pueblos originarios que pudieron haberlo habitado.
Se formó como lo hacen todos los pueblos, con su iglesia católica frente a la plaza principal, el edificio de la municipalidad y la primera escuela.
Los años siguientes giraron en torno a ese eje medular y aún lo siguen haciendo. Quienes vivimos en Chacabuco lo hacemos por amor al terruño, amor heredado que, como toda herencia, tratamos de deshacer.
Sus calles asfaltadas, que se extienden apenas unas cuadras fuera del cuadrante de las cuatro avenidas, son arterias tendidas desde la Plaza Principal. Más lejos empiezan, corridas apenas unas cuadras desde mi infancia, las calles de tierra que lindan con el horizonte pampeano. Rojos, naranjas, grises horizontes fulguran al amanecer y cuando cae el sol. Señalan el vacío del desierto pampeano, la zona fronteriza que en algún tiempo fuimos.
Los barrios del centro permanecen más o menos iguales durante décadas. Tanto que podemos reconocer las casas de quienes supimos ver hace tiempo. Apenas algunos edificios de pocos pisos estropean el cielo inmenso.
Caminando por las mismas veredas seguimos escuchando el gorjeo a veces ensordecedor de los pájaros. Y si nos estiramos hasta las calles de tierra vemos gallinas y caballos por ahí, con la misma naturalidad con que un habitante de ciudad ve un colectivo de línea. Acá no hay colectivos de línea. Sólo autos, motos, bicicletas y 4 x 4 que nunca frenan en las esquinas. El mutismo a la hora de la siesta marca el ritmo de una vida pausada y apacible que se nos torna muchas veces tormentosa. No hay nada que hacer, nos decimos unos a otros.
Quienes pertenecen a mi generación sufrieron la urgencia de irse. Había que dejar el pueblo, moverse a otro sitio, volverse nómade por un tiempo para encontrar nuevas cosas que inquietaran el alma o que nos dieran la posibilidad de estudiar algo que nos gustara.
Yo me fui, igual que tantos. Pero para poder irme tuve que olvidar el gusto por los horizontes, el canto de los pájaros, la quietud tranquila de un pueblo que calla y murmura un constante siseo de anécdotas, historias y chismes a veces indeslindables de los hechos historiográficos. También olvidé la polvareda que se levanta en los días secos mientras se recorren las calles. No pude recordar el polvo suspendido de los silos y los molinos, de los camiones de carga, que se vuelcan después como vasos de agua dentro de las casas.
Olvidé. Exageré también el 'No hay nada que hacer'. Porque nada era justo lo que ya no quería más. Yo quería todo, lo otro. Lo que el pueblo no tenía y la ciudad sí: el anonimato, las maratones intelectuales de una Universidad, el ruido enloquecedor de los colectivos y los autos que nunca paran, caminar durante horas siempre en un sitio nuevo y distinto.
Odié cada una de las simplezas del pueblo, su tranquilidad. Su quietud sobre todo. Pero. igual que tantos de mi generación, volví, como un pájaro vuelve al nido. Primero volví con reticencia. Y pasado el tiempo descubrí que las horas de trabajo contaban como tales y no sumaban cuatro, tres o dos de viaje. Que ya no era necesario levantarme a las cinco de la mañana para dar clases en una escuela a las ocho. Que podía cortar para almorzar. Y también podía dormir la siesta. Podía leer sin parar porque no hay nada que hacer. Podía hacer del tiempo otra cosa, no una peripecia para evitar que se compacte y el día dure un cerrar y abrir de ojos. Podía también inventarme porque acá estaba todo por hacer.
También es cierto que quedé en estado de fuga: siempre dispuesta a irme, a buscar otra cosa. Porque el pueblo tiene estas bealdades, la hermosura de lo simple, que se vuelve de igual modo terrorífico en su fijeza. Por pura aspiración a otra cosa, a querer mover las piezas del tablero y ver qué pasa, a pretender movimientos que cedan algo nuevo. Pretensiones, cierto.
El amor y el odio me siguen atando a este sitio donde crecí, pasé casi todos los años de mi vida y del que siempre me quiero ir, como todos buscando deshacernos de la fascinación de lo que amamos.
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