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Identidad y narración

03/09/2026
Identidad y narración

Por Juliana Chacon

 

Digo: mamífero, hembra, vertebrado, humana. ¿Quién soy? ¿Puede la ciencia determinar mi identidad? La perspectiva biologicista no parece ser suficiente. En todo caso, apenas un punto de partida. Un modo de diferenciarme de otras especies. Soy humana. Entonces ¿no soy animal? Es extraño. Soy un mamífero. Tal vez la separación entre humanos y animales peque de omnipotencia. Demasiada primacía humana, digo.

La identidad unificada, es decir, entendida como un todo sin fisuras, nos calma. Digo: ¿quién soy? La respuesta puede volverse el cemento seco sobre el que tendré que pararme el resto de mi vida. Tendrá la aspereza y la resistencia de la misma materia. Oportuno es estar parado sobre el cemento si la tierra sede o está anegada. Quizás pueda tranquilizarme. Quizás suponga que hay estabilidad garantizada.

Intuyo que nada tiene que ver la estabilidad con la identidad. Pienso: la identidad se construye siempre en movimiento, mientras andamos, nos encontramos, nos desencontramos con unos u otros, nos decimos y desdecimos. Tal vez algún día queramos estirar el pie y sentir el apoyo de esa otra superficie por fuera del cemento. Incluso el cemento mal hecho podría llegar a resquebrajarse. Y entonces no habría estabilidad, sino grieta, quiebre, vacío.

La construcción de la identidad supone, por un lado, un aspecto biologicista y, por otro, un aspecto cultural y subjetivo.

Si pienso en mi cuerpo, sé que no se demora en cambiar, en mutar todo el tiempo, en pasar a ser diferente cada día. Mis células mueren, otras se multiplican, algunas cambian. Mi reflejo en el espejo ya no es el mismo que ayer, menos aún que el año pasado o la década pasada, incluso nada tiene que ver con aquel en el que me reconocí por primera vez, habrá sido a los seis meses. Tampoco será el mismo reflejo dentro de treinta años (si es que sobrevivo para entonces). Algo, sin embargo, late como permanencia.

¿Qué es lo que permanece? ¿Quién sigo siendo? Si quito el accidente y elimino mujer, docente, escritora, madre, hija, hermana, vecina, morocha, adulta, argentina, ¿quién soy? Si elimino mi orientación sexual, mi vocación, mis amores y desamores, de qué trabajo o trabajé, ¿qué queda? ¡Un problema! Cada vez que dudo, mi identidad entra en crisis.

Hay calmantes para eso, además de los conocidos fármacos que se compran. La religión intenta hacerlo. Dice que somos hijos de Dios, parte del Universo Todo, discípulos, pecadores, herederos, etc.

En el Zohar, Libro del Esplendor leemos: 

'El Ser Supremo, bendito sea, consideró necesario poner en el mundo todas estas cosas para asegurar la permanencia y la posesión, por así decido, de un cerebro rodeado de numerosas membranas. El mundo entero, superior e inferior, está organizado de acuerdo con este principio, desde el centro místico primigenio hasta la más exterior de todas las capas. Todas son una para la otra, cerebro dentro de cerebro, espíritu en espíritu, cáscara dentro de cáscara.

El centro primigenio es la luz más interior, de una transparencia, sutileza y pureza más allá de cualquier comprensión. Ese punto interior en expansión se convierte en un «palacio» con salas que delimitan el centro y es tan radiante que su luz va más allá del poder del conocimiento.

La «vestidura» del «palacio», del punto interior incognocible, al tiempo que constituye un destello incognocible en sí mismo, es, no obstante, de una sutileza y translucidez menores que el centro primigenio. El «palacio» se esparce en una «vestidura» para sí mismo, la luz primordial. De ahí hacia afuera se va extendiendo; existe en cada extensión que se sobrepone a otra extensión, y cada una constituye una vestidura para la anterior, como una membrana lo hace respecto del cerebro. Aunque es membrana primero, cada extensión se hace cerebro en la extensión que la sigue.

De igual modo, el proceso continúa abajo y, una vez establecido, el hombre en el mundo combina cerebro y membrana, espíritu y cuerpo, todo en pro del más perfecto ordenamiento del mundo. '

Nietzche aseguró que había que 'Llegar a ser lo que uno es'.

Borges responde en una entrevista: 'yo en mi cuerpo no podrían pensarme sin cuerpo'. Y agrega: 'A mí no me importaría durar más allá, pero a condición de no olvidar esta vida. Por eso, me pregunto si la identidad personal consiste precisamente en la posesión de ciertos recuerdos que nunca se olvidan'.

Borges une identidad y memoria. La urdimbre de recuerdos (siempre fragmentarios; a veces reales, otras inventados) construye nuestra identidad. De hecho, nos contaron cuándo nacimos, dónde, los primeros pasos, algunas anécdotas. Y enlazamos todo entre sí para construir una narración ficcional, inventada, para decir quiénes somos.

Identidad, memoria, narración van de la mano. Sin embargo, algo inquieta. Ese relato va a durar lo que dure nuestra vida. Y se irá diciendo y desdiciendo, sumando y quitando hechos miles de veces. Además, siempre será ficcional, inventado siempre. Todo dependerá de qué elementos incorporemos y cuáles eliminemos, cuáles omitamos y cuáles censuremos, cuáles ciertamente habilitemos.

Esta identidad nunca es individual y singular. Está imbricada en una identidad colectiva: la familia, el club, el grupo de amigos, la Nación, el continente. Siempre decimos 'somos' para diferenciarnos de 'otros', para asociarnos con algunos. Siempre con 'otros' que nos dicen parte de lo que incluimos en la narración, que nos dan un territorio y una lengua, que nos incluyen en su comunidad o nos expulsan.

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