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Julio César, el emperador de la amistad

12/01/2026
Julio César, el emperador de la amistad

Por Juliana Chacon

 

Todavía siento el olor de las flores marchitas, en un día que trepa los 30 grados y el sol raja el cielo, como si hasta la luz de otros tiempos cayera vencida sobre nosotros, los dolientes. 

Mi amigo Julio César, Julito, Yulius, murió hace unas horas atrás. No es cierto, me digo. Teníamos tantos planes. Pero él está dentro del féretro que queda al borde de los nichos. Mi amigo Julio César era demasiado joven, demasiado humano, demasiado sensible, demasiado solidario, demasiado idealista, demasiado actor, demasiado alegre para estar ahora ahí, apostado en la fila de los muertos.

No recuerdo con exactitud qué hicimos cuando nos conocimos, si reímos primero, tomamos cerveza después o bailamos. No sé. Él seguramente lo recordaría. Pero ya no puedo preguntarle. Sé que después me enseñó algunas cosas de actuación porque hicimos una puesta teatral en la calle, en la que él actuó y yo solamente caminé en círculos. Las horas de charlas, en las que hablamos de todo, de lo esquivo que le era el amor, de mis dificultades para sobrellevar la maternidad de una manera lúcida y amorosa, del exceso de peso, de nuestros ideales porque queríamos que el mundo fuera otro, de libros y películas, de nuestras dudas y seguridades, esas horas vinieron al poco tiempo. La amistad se fue tejiendo así, entre proyectos, obstáculos de la vida, risas y karaoke, encuentros piqueteros, clases de teatro para que aprendiera a leer en público, cenas de polenta con salchicha parrillera, vino blanco espumante, picaditas, ceniceros abarrotados.

Mi amigo Julio César está muerto. ¿Cómo puede ser?, me repito una y otra vez. ¿Cómo puede ser que alguien con tanto amor y tanta compasión muera tan pronto? 

Mi amigo Julio, Julito, Yulius está muerto y ya no voy a leer sus mensajes que empezaban con un 'Amiwa', ya no. 

En el velatorio nos abrazamos unos con otros. Trato de contener las lágrimas. No hay en esta llanura nada que detenga el grito de dolor que llevo en el alma. 

Mi amigo Julio César está en el féretro al que se acercan amigos y familiares. El desgarro es inenarrable y no hay sol capaz de atravesar tanta tristeza. Lo aplaudimos para despedirnos. Lo aplaudimos más de una vez.

Ya no tocará el timbre de mi casa para que tomemos interminables mates y charlemos de todo entremezclado mientras las colillas se acumulan y ya no se va a olvidar los auriculares con los que llegaba cantando y ya no vamos a bailar ni a hacer karaoke ni a intentar que me salga patinar con su elegancia, como la de un ave Quetzal volando, ni voy a mandarle un mensaje para que venga a casa a comer polenta o cualquier cosa.

 Aunque la temperatura ascienda los 30 grados es tan frío este dolor. 

Julito, actor. Julito, militante. Julito, artista plástico. Julito, hijo, hermano, tío, mi amigo. 

Cosas tuvo pocas, su aspiración era otra. Su territorio propio fue el de la amistad y el del amor. Yo, ciudadana de esas tierras suyas, ahí me quedo hasta el final de mis días. Mi amigo Julio César, el Emperador de la Amistad, vive ahí, aún y para siempre.

 

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