La aduana de carretas de Hunter
En el camino que une Hunter con Salto, a unos 75 kilómetros de Chacabuco, aún se encuentran los vestigios de lo que fue un puesto de control de las carretas y otros vehículos de tracción a sangre que pasaban por el lugar. El edificio, situado en las cercanías del río Rojas, fue durante décadas uno de los puntos del extenso trayecto que tenía el transitado Camino Real Sur, que unía Buenos Aires con Mendoza.
Se cree que lo que se llamó la Aduana de Carretas fue construida a mediados del siglo 19. En esa zona poseía tierras Luis Dorrego, hermano mayor de Manuel Dorrego, que llegó a ser propietario de 56.000 hectáreas en los partidos de Salto y Rojas. Su estancia se llamaba Las Saladas y entre ella y el río se hallaba el control aduanero.
El edificio tenía dos torres de más de cuatro metros de alto, entre las cuales había un portón que de noche permanecía cerrado. Una vez que se conseguía el permiso para pasar, a pocos metros estaba el puente que cruzaba el río.
Durante gran parte del siglo 19, antes de que el tendido de las vías férreas y la extensión del alambrado transformaran de manera irreversible el paisaje de la zona, por el Camino Real circulaban las tropas de carretas con cargamentos de cuero, lana, sebo y granos con destino al puerto de Buenos Aires, mientras que en sentido contrario viajaban productos manufacturados, yerba, tabaco y pertrechos para las guardias fronterizas.
El funcionamiento de este circuito exigía puntos de control y fiscalización estrictos. La Aduana, situada en el límite de los partidos de Salto y Rojas, cumplía precisamente esa función. Allí, las autoridades cobraban los derechos de tránsito, verificaban las guías de despacho de la hacienda y controlaban las marcas del ganado para evitar el abigeato. Cuentan las crónicas históricas que en un período donde la autoridad estatal buscaba consolidar sus límites internos, estos puestos actuaban como verdaderos retenes policiales y fiscales en medio de la llanura.
La construcción que aún se conserva evidencia las pautas arquitectónicas de las edificaciones institucionales y rurales del siglo 19. Se trata de una estructura caracterizada por muros de gran espesor, erigidos con ladrillos cocidos asentados en mezclas de barro y cal.
Esta solidez constructiva no respondía únicamente a un criterio de durabilidad frente a las inclemencias del clima, sino también a una necesidad defensiva latente en una zona expuesta a los peligros de la frontera. Las aberturas de la construcción, angostas y resguardadas con rejas de hierro forjado y postigos de madera maciza, reflejan esa doble función de oficina y refugio.
Junto al edificio principal había corrales de palo que permitían el encierro temporal, recuento e inspección del ganado que cruzaba de un distrito a otro.
La vida en torno a la Aduana y las postas aledañas transcurría con una dinámica propia. Una tropa de carretas, compuesta a menudo por entre 12 y 25 vehículos enormes tirados por varias yuntas de bueyes, recorría en promedio apenas entre 4 y 6 leguas diarias, o sea, unos 20 a 30 kilómetros. La travesía exigía paradas obligadas en las inmediaciones de arroyos o cañadas, donde los peones y el capataz daban descanso a los animales y preparaban el fogón.
En estos puntos de detención los pulperos, comerciantes y herreros locales encontraban en el paso constante de viajeros su principal medio de subsistencia. En las inmediaciones del puesto de control se intercambiaban noticias sobre el estado de los caminos, el valor de los cueros en la capital o los rumores sobre incursiones en la frontera. Entre mate amargo, ginebra y juego de cartas, las pulperías y aduanas secas funcionaban como centros de encuentro comunitario de la pampa.
Se sospecha que la Aduana tuvo intensa actividad durante los años en que Buenos Aires estuvo separada de la Confederación Argentina. Cuando en 1862 se aceptó su ingreso y se dictó la Constitución Nacional definitiva, fueron suprimidas las aduanas interiores de la provincia.
La llegada del ferrocarril y la consolidación de las instituciones provinciales también hicieron que las aduanas internas perdieran sus funciones operativas. Igualmente, en las cercanías de Hunter, las ruinas de este puesto de control continúan en pie y constituyen un patrimonio histórico de inestimable valor que remite a los orígenes del comercio, la arquitectura rural y la identidad de la región.
(Imagen: Conociendo Pueblos)
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