La capacidad de estar solo
Por Bernarda Jorba. Psicóloga
Nos permite estar en contacto con nuestros sentimientos más profundos, desarrollar la imaginación creativa y soportar mejor las pérdidas. Se adquiere en la primera infancia, donde el apego al sustituto materno es fundamental para la supervivencia del hijo.
El psicoanalista Rene Spitz comprobó esta hipótesis a partir de una experiencia con monos. Los bebés monos fueron amamantados por dos tipos de madres de sustitución, que eran artefactos provistos de un sistema de alimentación: uno rígido, de alambre que proporcionaban un alimento rico, y los otros suaves de terciopelo, pero cuya leche era más pobre. Los pequeños monos que se desarrollaban mejor eran los que, a pesar de estar peor alimentados, tenían una madre suave.
Un niño seguro de la disponibilidad de su madre o sustituto sentirá ganas de explorar su entorno y de acercarse a otros niños. Los que han tenido la oportunidad de tener un sustituto materno suficientemente presente, pero que también supiera ausentarse, sabrán soportar la soledad sin angustia. No aprender a estar solo en la niñez genera una vulnerabilidad emocional que se manifiesta con fuerza en la adultez.
Cuando la separación infantil se vivió como un desamparo, el adulto arrastra un vacío que intenta llenar a través de los demás, por ejemplo: la dependencia emocional y relaciones tóxicas (la necesidad de verificar continuamente que la pareja sigue ahí y le sigue amando) pudiendo llevar a situaciones de tolerancia al maltrato; miedo absoluto al abandono que lleva a soportar relaciones dañinas antes que quedarse solo; fusión con el otro (incapacidad para mantener la individualidad, el adulto deja de lado sus gustos y opiniones para complacer al otro); angustia ante la soledad y la necesidad de saturar el tiempo con televisión, música o redes sociales para no escuchar los propios pensamientos; una agenda sobrecargada (búsqueda compulsiva de planes sociales para evitar llegar a una casa vacía); ataques de ansiedad, sentimientos de vacío, desamparo o pánico cuando se cancela un plan o se rompe una relación, bloqueo de la creatividad y el autoconocimiento; desconexión interior (incapacidad para explorar el universo propio, lo que impide descubrir vocaciones, deseos reales o talentos); falta de concentración (dificultad para realizar actividades que requieran introspección, lectura profunda o creación artística) y una fragil identidad: la propia valía depende enteramente de la aprobación, la mirada y los aplausos de los demás.
Las personas que pasaron solas buena parte de su infancia, tienen más posibilidades que otras de desarrollar capacidades creativas y se inclinaran preferentemente a actividades que exijan concentración e imaginación. Ya adultas, no sentirán una constante necesidad de presencia del otro y habrán desarrollado una gran sensibilidad sobre todo para escuchar a los demás.
Quien haya realizado el aprendizaje de la soledad se verá fortalecido frente a los acontecimientos dolorosos de la vida, como separaciones y duelos, mientras que quien haya sido preservado reacciona peor en caso de abandono o frustración.
Encontrarse solo puede ser una oportunidad para explorar nuestro universo interior, dado que la reflexión y madurez sólo pueden alcanzarse en una cierta soledad encontrando en ella una nueva plenitud.
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