La madre que siempre lo supo
Doctora Susana Manzi
Dos bebas intercambiadas en una maternidad pública en 1977. Cuarenta y nueve años después, un fallo de Córdoba obliga al Estado a responder. Y deja a otros afuera.
Durante cuarenta y cuatro años, G. N. F. sospechó que la hija que criaba no era suya. No tenía prueba ni nadie que la acompañara en esa certeza. La perito oficial lo describió como una "fase de incertidumbre crónica": una convicción interna sostenida durante décadas, sin que encontrara validación en su entorno. Traducido al idioma de todos los días: nadie le creyó.
En septiembre de 2021 un ADN le dio la razón del peor modo posible. Intervino entonces la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad, el organismo nacido para reparar el robo sistemático de bebés durante la dictadura. El Banco Nacional de Datos Genéticos descartó cualquier vínculo con los desaparecidos: ambas parturientas habían ido por su voluntad a dar a luz. Se revisó entonces el libro de partos de ese mismo día, el 25 de mayo de 1977, en la Maternidad Provincial de Córdoba. Así apareció L. B. B. Las dos bebas habían sido intercambiadas: cada matrimonio se llevó a la hija del otro. Tres de los cuatro progenitores murieron sin saberlo.
El Juzgado Civil y Comercial de 1ª Instancia y 35ª Nominación de Córdoba, a cargo del juez Mariano Andrés Díaz Villasuso, condenó a la Provincia a indemnizar a las dos mujeres y a la madre. Y lo hizo apoyándose en una distinción que conviene aprender de memoria: una maternidad asume dos obligaciones distintas. Atender el parto en condiciones seguras es una obligación de medios, donde la medicina admite contingencias. Entregar el bebé a su familia es una obligación de resultado. Ahí no hay margen: o se entrega a la hija correcta o no.
La Provincia se defendió alegando que la Maternidad había integrado el circuito represivo de la dictadura y que el asunto, por vincularse a delitos de lesa humanidad, no era competencia civil. Después sostuvo que en 1977 estaba intervenida, sin control sobre sus dependientes. La Corte Suprema ya cerró esa puerta: ningún gobierno de facto pudo extinguir la personalidad jurídica de una provincia, y lo que hicieron sus agentes lo asume el Estado provincial una vez restablecido el orden constitucional. Hay algo perturbador en un Estado que se escuda en sus propios crímenes para no responder por su propia negligencia.
Hubo un tercer silencio, más elocuente. Se la emplazó a exhibir el libro de nacimientos de mayo de 1977 y no lo hizo, ni explicó por qué. El juez convirtió esa omisión en presunción en su contra, con una idea que viene de Couture: si alguien puede desvirtuar a su adversario con sus documentos y no lo hace, lo menos que cabe suponer es que esos documentos no lo favorecen. El único que tenía los papeles decidió no mostrarlos.
El daño es doble: no sólo se las privó de conocer su origen genético, sino de desarrollarse en su familia biológica. La identidad no es apenas un dato de laboratorio; es también el apellido, la mesa compartida, los hermanos con los que se aprendió a discutir.
Y acá llega la parte que más me inquieta como abogada. Los hermanos de ambas mujeres también demandaron, y perdieron. No porque su dolor sea menor —el propio juez escribe que es inimaginable—, sino porque el daño se consumó en 1977 y rige la ley de entonces. El viejo artículo 1078 del Código de Vélez sólo habilitaba a reclamar daño moral a la víctima directa, y a los damnificados indirectos únicamente si eran herederos forzosos y si la víctima había muerto. El Código Civil y Comercial mitigó esa rigidez, pero llegó tarde para ellos. Encima cargaron con las costas.
Es un recordatorio incómodo de algo que siempre enseñé en el aula y compruebo en el estudio: el derecho no siempre alcanza a reparar todo lo que reconoce como dolor. Puede nombrarlo, describirlo, incluso conmoverse por escrito, y aun así dejarlo afuera. Cuarenta y nueve años tardó el Estado en responder por una negligencia de una tarde. Y una mujer necesitó casi medio siglo para que alguien, por fin, le creyera lo que ella sabía desde el primer día.
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