¿Qué nos dicen nuestros grupos de chat?
Doctora Susana Manzi
En nuestra vida cotidiana, los grupos de mensajería instantánea se han convertido en una extensión de nuestras plazas, clubes y espacios de trabajo. Sin embargo, detrás de la pantalla, a veces olvidamos una regla fundamental: la libertad de expresión termina donde empieza la falta de respeto, especialmente cuando esa falta de respeto se disfraza de hostigamiento o discriminación por nuestra nacionalidad.
Recientemente, el Juzgado de Paz de Sierra Grande dictó un fallo en el marco de las actuaciones caratuladas "X.X. C/ Y.Y. S/ DCIA LEY 5592 Aº 40 INC. C" (Expte. N.° SG-00189-JP-2026), que merece nuestra atención. El caso es sencillo, pero profundamente revelador: una vecina denunció haber sido víctima de comentarios despectivos sobre su nacionalidad por parte de otra persona, dentro de un espacio de participación política compartido.
Lo primero que debemos entender es que la Justicia, en este caso, actuó con rapidez. La jueza no esperó a que el conflicto estallara en una tragedia mayor. Aplicó una lógica preventiva: dictó una prohibición de contacto y hostigamiento por seis meses, que cubre desde mensajes de WhatsApp hasta comentarios en redes sociales o mediante terceros.
Pero lo más interesante no es solo lo que se prohíbe, sino lo que se ordena. La denunciada, al ser una figura pública, deberá realizar una capacitación sobre Derechos Humanos y prevención de la xenofobia. ¿Por qué es esto importante? Porque la educación es la única herramienta capaz de frenar la violencia simbólica. No se trata solo de castigar, sino de enseñar que la dignidad de la otra persona no es negociable, sin importar la bandera que defendamos o el grupo político al que pertenezcamos.
Como docentes, como profesionales y, sobre todo, como ciudadanos, debemos recordar que la convivencia democrática se construye todos los días. La tecnología nos permite estar conectados, pero no nos da el derecho a denigrar al otro.
La lección que nos deja este fallo
Este caso nos deja una enseñanza clara para nuestra vida diaria: el respeto no es un concepto abstracto que dejamos en la puerta cuando entramos a un grupo de WhatsApp. Cuando ocupamos un lugar en la sociedad —especialmente si cumplimos una función pública—, nuestra conducta tiene un peso mayor.
Este fallo nos recuerda que la discriminación, incluso cuando parece "solo un comentario" entre conocidos, tiene consecuencias reales. La Justicia ha enviado un mensaje contundente: el espacio digital no es una zona liberada. Cada vez que elegimos el respeto sobre el insulto, no solo estamos cumpliendo con la ley, estamos cuidando la calidad de nuestra propia comunidad. La verdadera política, y la verdadera convivencia, empiezan por reconocer al otro como un igual.
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