El brote de cólera de Chivilcoy cuya primera víctima era de Chacabuco
El 19 de diciembre de 1867, la historia de la joven localidad de Chivilcoy cambió de forma dramática. Ese día, en los registros de la Iglesia Nuestra Señora del Rosario se asentó el fallecimiento de Bernardo Mugica, un hombre de 38 años que vivía en un campo situado en el Cuartel 4 de Chacabuco. Fue la primera inscripción formal en la que se consignó al cólera como causa de muerte.
En los dos meses siguientes, la epidemia desataría un infierno sanitario sobre los poco más de 14.000 habitantes que en ese entonces tenía el partido Chivilcoy, que se convirtió en el epicentro de una de las tasas de mortalidad más feroces del país. En Chacabuco las cosas no fueron muy distintas. Si bien no se cuenta con datos documentales, todo indica que los fallecidos por el cólera fueron varios centenares, lo cual era una enormidad teniendo en cuenta que el distrito contaba con no más de 6.000 habitantes.
Volviendo a lo sucedido en Chivilcoy, una investigación de la historiadora Bibiana Andreucci permite comprender no sólo las debilidades científicas y en infraestructura que había en la época, sino también cómo el colapso estatal forzó el nacimiento de la participación civil y la salud pública a nivel local.
Fundado apenas quince años antes, en 1854, el pueblo de Chivilcoy experimentaba una expansión demográfica importante. Para 1869, la población urbana ya alcanzaba las 6.338 personas dentro de un diseño urbano con forma de damero cuidadosamente planificado.
Sin embargo, dos factores clave de su modernización y prosperidad económica se transformaron en sus peores enemigos. Uno de ellos fue el Ferrocarril Oeste. Es que su ramal, inaugurado en 1866, conectaba al pueblo con Buenos Aires en un viaje diario de apenas cuatro horas, lo cual fue un impulso para el comercio y el arribo de nueva población, pero también una autopista que facilitó la llegada de la enfermedad.
El segundo factor fueron las napas superficiales, que proveían un agua famosa por su pureza y buen sabor. Sin embargo, las inundaciones periódicas terminaron por saturar el suelo, mezclando los flujos subterráneos de los pozos ciegos con el agua que los vecinos bebían a diario.
En Chivilcoy, el brote de cólera estalló con furia en enero de 1868, pasando de 4 muertes a fines de diciembre a 169 decesos en la primera quincena del nuevo año, alcanzando picos de hasta 70 entierros diarios.
Las 1.141 víctimas registradas en la parroquia local representaron una tasa de mortalidad cercana al 8% de la población total. Esta cifra resulta impresionante si se la compara con el 0,8% de la ciudad de Buenos Aires o el promedio del 2% al 3% de las provincias del interior. Los expertos advierten que el número real fue aún mayor, debido a que la Comisión de Salubridad ordenó enterrar los cuerpos en el lugar del fallecimiento dentro de los cuarteles rurales, impidiendo un registro eclesiástico preciso.
Ante la crisis sanitaria, el Juez de Paz y presidente de la Corporación Municipal, Aparicio Islas, convocó de urgencia a los vecinos notables para conformar la Comisión Central de Salubridad Pública, presidida por el destacado vecino oriental Federico Soarez, considerado el fundador de Chivilcoy.
En un principio, la Comisión intentó replicar los manuales sanitarios nacionales. Las medidas adoptadas reflejaban las contradicciones científicas de la época, dividida entre los "contagionistas" (que proponían cuarentenas, desinfección y quema de ropas) y los "anticontagionistas" o miasmáticos (que creían que la enfermedad se transmitía por los vientos y el aire contaminado). El propio cierre de las actas municipales de esos días dejaba la sanación en manos de "los rayos del sol que purifiquen la atmósfera".
El plan oficial consistía en crear seis comisiones auxiliares barriales conformadas por vecinos para desinfectar las calles con cal, levantar gallardetes amarillos en los puestos de auxilio y derivar a los enfermos a cuatro lazaretos ubicados en los puntos cardinales del pueblo.
Sin embargo, el miedo fue más fuerte. El esquema institucional colapsó rápidamente debido a que los miembros de las comisiones auxiliares renunciaron o se disolvieron por temor al contagio. A esto se sumó un abandono profesional vergonzoso: los doctores Moreno y Egea, los únicos médicos autorizados del pueblo, se negaron a atender a los pacientes y huyeron despavoridos de la localidad, desatando el pánico generalizado. Incluso resultó imposible conseguir enfermeras para el lazareto de mujeres, a pesar de ofrecerse un pago por la tarea.
Cuando el Estado y los médicos huyeron, surgió una acción civil directa y solidaria. Chivilcoy, una comunidad cosmopolita y solidaria, activó sus redes de participación a través de las nacientes sociedades de socorros mutuos, como la Francesa y la Italiana. A su vez, un médico inmigrante, Juan Bautista Gagliardino, que carecía de título oficial habilitante en el país, se quedó en el pueblo y se hizo cargo en soledad de los enfermos, hasta que el gobierno envió refuerzos.
El trabajo de la historiadora Andreucci menciona a otros héroes que surgieron en medio de todo ese lío, como los boticarios Francisco Viñas y Felipe Bonnell, que entregaron medicamentos a cuenta; el comerciante español José Inda, que abasteció de víveres a los lazaretos, y el carpintero David Henderson, que junto a sus colaboradores fabricó y donó los ataúdes, hasta que él mismo falleció a causa de la enfermedad.
Una vez disipada la tormenta, a fines de febrero de ese mismo año, la Comisión de Salubridad continuó su labor, administrando las sucesiones de los inmigrantes fallecidos que no tenían familiares en el país y buscándole un destino a la enorme cantidad de huérfanos que dejó la tragedia.
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