La batalla entre la fe, las logias y los cementerios en el Chacabuco del siglo 19
Hacia las últimas décadas del siglo 19, la pampa bonaerense era el escenario de una intensa disputa cultural y religiosa. Mientras el país se organizaba institucionalmente con el empuje de la inmigración y las transformaciones económicas, en los pueblos de campaña se libraba un choque de visiones del mundo: de un lado, la tradición católica y el celo del obispado por mantener la cohesión moral; del otro, el avance de las ideas liberales, positivistas y la penetración de las logias masónicas y los cultos disidentes.
Chacabuco, que crecía al compás de la transformación agropecuaria y la llegada de nuevos pobladores, no fue ajeno a estas tensiones nacionales y continentales. La controversia tuvo a nivel local expresiones dramáticas, cotidianas y concretas.
Cuenta el profesor Oscar Melli en una de sus obras que en la segunda mitad del siglo 19 el Gran Oriente Argentino y diversas logias impulsaban en el país ideas de "regeneración moral e intelectual" que encontraban eco en sectores letrados y dirigentes políticos. Mientras la Iglesia condenaba con severidad el accionar de estas sociedades secretas -acusándolas de entorpecer la doctrina y promover el secularismo-, en los pueblos del interior sus símbolos y miembros comenzaban a articular la vida pública local.
En Chacabuco, la labor historiadora documenta la fundación formal de la logia Combes recién hacia 1905, bajo la batuta del escribano público Andrés de Vera, afincado en la zona desde 1880. Sin embargo, las huellas de la influencia masónica en la localidad se remontan a varios años antes.
Un episodio revelador ocurrió en la sesión del Consejo Escolar del 21 de agosto de 1884. Bajo la presidencia del propio De Vera, el cuerpo debió dar lectura a una disposición tajante de la Dirección General de Escuelas que ordenaba suprimir de inmediato el adorno del sello oficial del Consejo Escolar "por ser un signo masónico". El hallazgo no era menor, pues la iconografía de las logias se había filtrado silenciosamente en los instrumentos administrativos de la instrucción pública local, encendiendo las alarmas de las autoridades provinciales y de la Curia.
Cuenta el historiador que también preocupó seriamente a la Iglesia en esta época la propaganda protestante desarrollada por misioneros que recorrían la campaña difundiendo sus creencias entre la comunidad católica.
El celo de las autoridades eclesiásticas en defensa de la pureza del dogma tuvo expresión a comienzos de 1865 a través de un comunicado interno del Obispado de Buenos Aires que señalaba: "En varios pueblos del norte de la campaña ha aparecido un emisario protestante de la Sociedad Bíblica, repartiendo libros del Antiguo y Nuevo Testamento, como también otro que ataca la autoridad espiritual de los Sumos Pontífices, casi todos los Sacramentos y con especialidad el de la Confesión'.
Tras advertir a los párrocos sobre "los depravados fines de la impía propaganda protestante", la nota ponía bajo la responsabilidad de esos sacerdotes la labor apostólica del cuidado y salvación de las almas.
Otro de los frentes de conflicto más sensibles tocaba las fibras íntimas de las comunidades: el destino de los difuntos. Durante décadas, el monopolio de la administración de los cementerios por parte de la Iglesia católica impedía que los fieles de cultos disidentes o protestantes fueran sepultados en lugares sagrados. Aunque bajo la presidencia de Bartolomé Mitre se habían promulgado decretos para garantizar espacios específicos a quienes no profesaban la fe católica, la aplicación efectiva de estas medidas en los distritos del interior solía tropezar con reticencias locales.
El 17 de febrero de 1881, la Comisión Municipal de Chacabuco debió tratar un pedido sensible. Don Juan Drysdale solicitó la autorización correspondiente para sepultar en el cementerio del pueblo el cadáver de su hermano Tomás, el cual yacía de manera provisional en un establecimiento rural del Cuartel 3. Drysdale denunciaba que, por el solo hecho de ser protestantes, se les había negado previamente el permiso para darle una sepultura digna.
Tras un informe elevado por el alcalde de cuartel, la Municipalidad resolvió finalmente, el 29 de julio de 1881, acceder al pedido, disponiendo la inhumación del difunto en un sector apartado del cementerio. Este caso puso en evidencia cómo las tensiones dogmáticas afectaban la convivencia civil en el partido.
En paralelo a la cuestión del libre pensamiento y la diversidad religiosa, la Iglesia expresaba una profunda preocupación por la pérdida de influencia doctrinal en las nuevas generaciones. Ante las falencias detectadas en la instrucción religiosa y el avance de publicaciones protestantes, las autoridades eclesiásticas instaron a párrocos y preceptores escolares a coordinar horarios semanales obligatorios -generalmente los jueves al mediodía- para instruir a los niños en los dogmas católicos.
Todo esto muestra que, lejos de ser una aldea al margen de la historia, la joven localidad de Chacabuco también reflejó en su vida cotidiana las profundas transformaciones e ideologías que moldearon la sociedad del siglo 19.
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