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La vida en los fortines del noroeste bonaerense

19/08/2026
La vida en los fortines del noroeste bonaerense

Antes de los cascos urbanos con plazas centrales y las estaciones de ferrocarril que hoy articulan el mapa del noroeste bonaerense, la región fue un campo de batalla en el que la presencia del Estado se daba a través de las estacas de quebracho, los fosos y los ranchos de paja que le daban forma a los fortines. De ellos surgieron ciudades como Junín, Salto o Carmen de Areco, entre tantas otras.

La presencia de esos asentamientos militares puede dar la idea de escenarios de batalla incesantes. Sin embargo, al revisar los partes de comandancia, las memorias de viajeros y la correspondencia de la época lo que se ve es que la vida cotidiana en los fortines de frontera estuvo dominada no por el estampido del remington, sino por una rutina de penuria, intercambio cultural y supervivencia a la intemperie.

Hacia mediados del siglo XIX, la línea defensiva sobre el río Salado y otros de la región estructuraba una geografía frágil y precaria. El Fuerte Federación -nacido a finales de 1827 como bastión avanzado en lo que hoy es el centro de Junín-, la Guardia de Salto o el Fortín San Claudio en Carmen de Areco no eran fortalezas de piedra como las de Europa. Más bien eran instalaciones elementales, con un foso perimetral, ranchos de palo revocados con barro y bosta, un corral para la caballada y el infaltable mangrullo de madera desde el cual el centinela oteaba el horizonte buscando polvaredas.

Cuentan las crónicas de la época que la verdadera batalla del habitante de un fortín era la que se libraba a diario contra el desabastecimiento. La tropa, conformada en su mayoría por milicianos y gauchos enrolados por las severas leyes de "vagos y malentretenidos", pasaba meses -y a veces años- sin recibir los pagos oficiales. Vestidos con harapos y sin calzado adecuado para soportar las heladas de los pastizales de la campaña, la alimentación oficial se reducía a carne de vaca flaca y una galleta dura que debía racionarse como si fuera un tesoro.

Para variar el menú, los soldados echaban mano a lo que el paisaje ofrecía: avestruces, mulitas, peludos o la huerta colectiva del fortín, siempre a merced de las plagas de langostas o las sequías prolongadas. En ese contexto de precariedad extrema, el fuego encendido al caer la tarde no era sólo el medio para hervir el agua del mate amargo, sino el único espacio de calidez donde por unas horas se diluían las jerarquías y las privaciones.

En ese ecosistema rudo e inhóspito, la presencia de la mujer fue el pilar invisible que sostuvo la trama social. Las llamadas "fortineras", que eran las esposas, compañeras o parientas de integrantes de la tropa, acompañaban a los regimientos cargando sus enseres. Ellas no sólo se encargaban del lavado de ropa, la costura de uniformes deshilachados y la preparación de los alimentos, sino que también actuaban como enfermeras improvisadas cuando la viruela, el tifus o las heridas de la partida diezmaban las guarniciones. Sin el trabajo silencioso e invisible de las fortineras, la logística mínima de los cantones simplemente se habría desplomado.

Lejos de la imagen de una frontera impenetrable que separaba dos mundos, los fortines funcionaron como verdaderos nodos de intercambio entre fronteras. Las pulperías levantadas en sus inmediaciones eran el verdadero motor de la sociabilidad. Allí el soldado convivía con el paisano afincado, el comerciante itinerante y las partidas pacíficas de indígenas, como las que acampaban en los alrededores del Fuerte Federación bajo el liderazgo de caciques como Santiago Yanquelén. El trueque era la moneda corriente: plumas de avestruz, cueros, garras de puma, matras y tejidos de telar pampa se intercambiaban por yerba, tabaco, caña, sal y objetos de mercería. En esa franja donde el Estado central era una sombra distante, la diplomacia cotidiana se ejercía sobre el mostrador enrejado de la pulpería.

El ocio era otro de los grandes desafíos de la jornada. El aburrimiento se combatía alrededor del fogón con relatos de aparecidos, partidos de taba sobre la tierra apisonada, partidas de naipes y alguna guitarra entonando décimas. Cada tanto, el grito del centinela desde la altura del mangrullo rompía la monotonía para anunciar la llegada del chasqui con correspondencia, una partida de ganado o la alerta que ponía a todos en pie de guerra.

Con la reorganización territorial de la década de 1860 y las posteriores entregas de tierras, los viejos fortines fueron desmontados paulatinamente. La llegada del ferrocarril y el arado transformaron la pampa silvestre en colonias agrícolas, y el trazado de las antiguas fosas fue cubierto con calles y ladrillos. Sin embargo, bajo el suelo del noroeste bonaerense aún laten los cimientos de aquel mundo.

 

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