Nuestro Dios pagano
Por Juliana Chacón
Los adolescentes de los '90 tuvimos privilegios y fatalidades. Somos hijos de la dictadura y vivimos el neoliberalismo menemista, padecimos la crisis del 2001 cuando apenas empezábamos a crecer. Somos también hijos de los últimos coletazos del rock nacional argentino. Heredamos a Sui Generis, Serú Girán, Sumo. Empezamos a escuchar rock de la mano de Charly García y de Fito Páez, bailamos Pappo, Soda Estéreo, Virus, mientras las discográficas importaban bandas foráneas que casi nadie sabía traducir.
En nuestra ciudad, por aquellos años, se hacían las Olimpíadas, un juego entre los distintos cursos del secundario, en las que nos disputábamos el premio mayor: un viaje pago a Mar del Plata para todo el curso. La competencia se daba en variadas disciplinas: teatro, música, deportes; reparábamos plazas abandonadas por la desidia estatal, construíamos disfraces esculturales y muchas cosas más. En una de las bandas que armamos, fui la corista desafinada de 'Caña seca y un membrillo' de Cordero Atado, que salió en el ´93.
Si no me equivoco, una vez por mes, se hacía el baile de las Olimpíadas, al que me permitieron ir una vez que cumplí 15 años. En esos bailes, presentábamos alguna de las producciones por las que competíamos o nos daban la puntuación del desafío de las semanas anteriores. Uno de los grupos ganaba. No nos importaba perder. Queríamos estar ahí, saber que podíamos hacer algo juntos mientras las políticas nacionales iban devastando el país. En esos bailes no interesaba cómo nos vestíamos, nadie se producía, porque lo más importante era estar y bailar.
Habrá sido de la mano de mi hermano mayor o de alguna de esos bailes cuando escuché por primera vez a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Hacíamos pogo, una masa adolescente gigantesca hecha de cuerpos transpirados, pelos largos que no distinguían entre varones y mujeres, gritos vocálicos de una hinchada púber, que rebotaban en las paredes del Club Porteño y que harían eco desde nuestro pequeño mundo adolescente hasta hoy.
Esos mismos pogos se reproducían en el boliche. La banda que sería para muchos de nosotros la lista de reproducción de nuestras vidas empezaba a recorrernos las venas. Yo nunca fui fanática. Pero sentía que la complejidad de las letras que no entendía, sus melodías oscuras, habrían las puertas a otra cosa. No sabía que abrían las del futuro. De a poco fui comprando los CDs. En los ´90, no era fácil conseguirlos. Los fanáticos del pueblo sí los tenían y yo, al reconocerlos, los miraba de reojo. Se vestían como el Indio, bailaban como él o hablaban así. Eran los que empezaban los pogos la mayor parte de las veces y los que sabían las letras de memoria. Repetían a la perfección los oráculos del chamán Carlos Alberto Solari, el Indio.
Nunca fui a un recital. Tenía miedo. Sabíamos de las multitudes y de los problemas con la policía. Incluso había habido muertos en sus recitales. Además mis amigas escuchaban Luis Miguel y Montaner, porque éramos chicas de los ´90 y el amor romántico nos había sido injertado sin anestesia. Las más osadas escuchaban Charly o Fito. Yo a los CDs de los Redondos los escuchaba una y otra vez, sin parar, a solas. 'No tanto', me dice mi hermana cuando lo recuerdo en voz alta, 'Pero si te gustaba una canción la escuchabas millones de veces'.
En ese entonces los CDs y los casetes traían libritos con las letras de las canciones. Pero yo padezco desde siempre la compulsión de cambiarlas. Con las letras del Indio nunca me atreví. Se produce una especie de derrumbe poético ante cualquier intento. Sus letras son parte del ritual, mantras que nos decimos una y otra vez, y que van señalando nuestra vida como si fueran los nombres de los años que recorrimos.
El viernes, mientras estaba dando clases, llegó un mensaje de mi hermana en el que me avisaba de la muerte del Indio. La presión en la garganta, el llanto contenido, la tristeza que empezaba a crecer, iban a ser detectados por mis alumnos de 11 años. Entonces les conté la noticia. Les dije: 'Se murió el Indio'. Algunos me miraron desconcertados. No sabían de quién les hablaba. Les dije: el cantante de los Redonditos de Ricota, consciente de que eso era reducirlo. Seguían sin saber. Les pregunté si habían escuchado alguna vez 'Mi perro dinamita'. Dos del fondo asintieron con la cabeza. El resto, nada. Se los puse a todo volumen en el celular. Unos cinco reconocieron el tema. Insistí: '¿No escucharon 'Jijiji'?''. Negaron con la cabeza. Lo busqué en Youtube y puse play. Veinte del grupo lo identificaron. Dije: 'Escuchen a los Redonditos. ¡Escúchenlos!', como si fuera más que una invitación una orden, un ruego. Cuando sonó el timbre del recreo, la tristeza era tan grande que se revelaba en todo mi cuerpo. Le dije a la portera: 'Se murió el Indio'. Ya lo sabía. Se lo dije a uno de los administrativos. Bajó la cabeza en un gesto de afirmación. La portera me recordó los Bailes de las Olimpíadas. Hubiese querido irme. Salir corriendo. Poder llorar. Uno de los profes dijo: 'Una de las alumnas de arriba no sabés cómo estaba, no la podíamos consolar'. Los alumnos del piso de arriba no tienen más que dieciséis años.
Una horda ricotera comienza a atestar las calles mientras intento caer en que el Indio se murió. Explotará el Obelisco, Plaza de Mayo, Parque Leloir, las ochenta cuadras que llevan al cajón para despedirlo. Todos altarcitos para el Indio eterno que nos supo cantar: 'Siempre tengo a mi lado a mi dios…'. Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado harán igual el recital que voy a mirar sentada en el living de mi casa, después de haber hablado con varios y dudar si ir o no a la Misa Final. Recién entonces, a mitad del recital, voy a llorar desconsoladamente. No hay Misa Final, lo sé. 'El Indio está presente', grita el pogo en una sola voz frente al escenario de los Fundamentalistas. Todas las pantallas de los canales de televisión reproducen la horda de Ricoteros, la misma que llenaba los estadios, la misma que desbordaba las calles. El pogo más grande del mundo.
'Mi amor, la libertad es fiebre/ es oración, fastidio y buena suerte' sigo diciéndome más de treinta años después, '…la libertad es fanática/ ha visto tanto hermano muerto,/tanto amigo enloquecido, que ya no puede soportar/ la pendejada de que todo es igual,/ siempre igual, todo igual, todo lo mismo…'. Me lo digo ahora que está muerto el hombre y encumbrado para siempre nuestro Dios Pagano, el que nos obsequió el ritual, la peregrinación, el rezo que seguiremos levantando como banderas.
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