Récord exportador que no derrama. Entrevista a Francisco Cantamutto
Por Marcelo 'Chata' García
'Bajo las bases actuales de sustentación del superávit comercial no hay ninguna chance de que esto repercuta en agregación de valor, complementación de la cadena de valor o desarrollo industrial', afirma el Dr. Francisco Cantamutto consultado por 4palabras. La semana pasada, el INDEC informó un récord histórico de exportaciones por U$D 9.537 millones para mayo, lo que significó un aumento de 34,4% con respecto a mismo mes del año pasado. A esto se suma la caída del 7% de las importaciones que dejó un saldo positivo de 3.504 millones de dólares.
¿Cómo se llega al superávit récord que salió a festejar el gobierno?
El gobierno se está viendo beneficiado por la combinación de diversos factores, entre ellos destacan el buen precio internacional de los productos que exporta la Argentina, no sólo del agro sino de los energéticos, y un aumento en cantidades. Al respecto, vale la pena señalar el aporte del sector energético que una década atrás ocasionaba grandes déficits en la balanza comercial y ahora permite contribuir con divisas a la situación comercial del país. A todo esto, no puede dejar de señalarse que, debido a la magra situación de la economía, las importaciones se encuentran relativamente pisadas desde el punto de vista del consumo. Además, más allá de algunos sectores particulares, el conjunto de la economía no está demandando importaciones vinculadas a la producción.
Cantamutto es investigador del CONICET y docente universitario. En 2024 publicó, junto a Martín Schorr y Andrés Wainer, un libro cuyo título apunta directamente a abrir el debate: Con exportar más no alcanza (aunque neoliberales y neodesarrollistas insistan con eso). En sus páginas sostienen que la restricción externa ya no es la del siglo pasado, que obedecía a la demanda de insumos, bienes de capital, crédito internacional generada por la Industrialización Sustitutiva de Importaciones (ISI). En las últimas décadas, nuevos actores y nuevos mecanismos financieros facilitan la salida de divisas al exterior. Por lo tanto, un aumento del superávit comercial cae en saco roto; el Estado ha perdido el control de las divisas que se generan.
¿Qué puede esperarse de ese superávit para la economía argentina?
Con respecto a la sustentabilidad del superávit se presentan algunas oportunidades y amenazas. Por el lado de las oportunidades está haber logrado avanzar desde la recuperación de YPF bajo gestión estatal, haber desarrollado el repositorio de Vaca Muerta que, más allá de los cuestionamientos socioambientales, ha generado exportaciones sostenidas en el tiempo, así como lo ha hecho la expansión del negocio agropecuario, que todo indica tiene condiciones para sostenerse. Desde este punto de vista, incluso sectores progresistas se animan a señalar la existencia de un horizonte positivo para el excedente comercial que, por supuesto, está atado a diversas situaciones que no maneja la propia Argentina como son los precios internacionales de los commodities que exporta.
Por otro lado, está la visión más negativa que tiene que ver con el carácter finito de los recursos exportables por la Argentina y que este gobierno ha fomentado a partir de la entrega de crecientes privilegios fiscales, cambiarios e institucionales. No solamente con el RIGI, que todavía no ha empezado a generar exportaciones, porque todavía están en fase preliminar las inversiones asociadas, sino incluso por la reducción de distintos tipos de impuestos a los exportadores. El problema es que el carácter efímero de estas exportaciones hace que se limite mucho el impacto que pueda tener en el tiempo. Ni siquiera pensando en la redistribución, sino incluso en la propia lógica del negocio.
¿Cómo puede aprovecharse ese superávit comercial para el desarrollo productivo?
En gran medida, este incremento exportador se basa en una combinación de la acción del Estado para fomentarlo -y esto es claro en relación al sector energético, cuyo desarrollo se apoya en la acción directa del Estado o múltiples programas de beneficios articulados a tal efecto- y de regímenes especiales de baja tributación, privilegio cambiario e institucional que lo protege de posibles políticas públicas destinadas a direccionarlo hacia un desarrollo integrado a la cadena de valor. Esto es central, no hay ningún horizonte en el cual medidas como el RIGI vayan a generar desarrollo industrial para el país. Ni siquiera en los tramos donde el país tiene capacidades para hacerlo. Por el contrario, se trata de maximizar la capacidad exportadora de commodities en el corto plazo sin aportar al conjunto de la economía, ni siquiera en un mediano plazo. Eso no es una entelequia, es algo que ya se está viviendo de manera clara, con la expansión de los últimos dos años de la economía que se basa en los sectores exportadores y que no está generando crecimiento en otros sectores, es decir, no arrastra, y no sólo eso, sino que además no muestra dinamismo en el mercado de trabajo. De hecho, incluso el sector energético está creciendo con menor empleo; una anomalía absoluta. De tal forma que la expansión basada en estos privilegios no permite ningún tipo de desarrollo real.
Esto no se condice y de hecho se opone a lo que está ocurriendo a nivel global. En este momento, prácticamente todos los países desarrollados o en vías de desarrollo están articulando distinto tipo de políticas de cara a la situación del mundo. La globalización neoliberal que conocimos bajo la hegemonía de Estados Unidos ha entrado en una crisis terminal y no sabemos exactamente hacia dónde se dirige. En este momento de incertidumbre, articular políticas desde el Estado puede permitir lograr un despegue distinto que aproveche la reorganización mundial. Aquí lo que se está haciendo va en dirección directamente opuesta que es evitar tomar políticas soberanas y autónomas que permitan orientar la expansión de la economía en el sentido del desarrollo.
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