Argentina, irreverente
Por Juliana Chacon
Yo, que ignoro las reglas y los campeonatos de fútbol, seguí la cábala de no ver el mundial hasta Cuartos de Final, como si algo del destino de la Selección pudiera modificarse sólo por el hecho incumplirla. Vi a todos agotados después de los partidos anteriores.
Ahora escucho a un cardiólogo que explica que nuestro cerebro vive el partido de fútbol como nuestros antepasados el ataque de un depredador.
Lo sé: en Cuartos de Final mi corazón se aceleró, sentí la tensión de los músculos, el ahogo en la garganta. Grité entonces como una barra brava, salté, me paré, caminé, me apreté los pómulos con ambas manos. Los tres goles me eyectaron cada vez. La sangre, un torrente agitado, urdió en mis poros tres alaridos sonoros y brutales.
Las bocinas de los autos y de las motos, las bombas de estruendo, el griterío, los cuerpos tiñeron de blanco y celeste las calles y el monumento de la plaza principal. Los límites corporales de cada uno se rompieron. Nos volvimos una masa corpórea indistinguible que saltó, gritó, ovacionó, cumpliendo la liturgia.
En las Semifinales, el volumen del Mundial se agigantó. Desentendidos de explicaciones racionales que deslindaban al fútbol de la política, cada uno de nosotros vivió los días previos con ansiedad. Nos alentamos unos a otros diciéndonos que teníamos que ganar. Que a Inglaterra sí teníamos que ganarle. Que después ya ni nos importaba. La bandera desplegada por los jugadores, en contra del reglamento, con la inscripción manuscrita y rápida de 'Las Malvinas son argentinas', después de la derrota de los ingleses, fomentó aún más la irreverencia que nos caracteriza y de la que, contra las moralizaciones de los demás, nos enorgullecemos.
Esta vez los cuerpos agitados de los espectadores poblaron la ciudad con bubucelas, petardos, banderas de todos los tamaños prendidas a motos, autos, camionetas, camiones, cuerpos humanos, cuerpos de mascotas, el cuerpo volante y heroico del General San Martín sobre el caballo, allá arriba, del monumento de la plaza principal. Toda una metáfora la bandera blanca y celeste agitada por un adolescente sobre el mismo caballo de quien nos liberó hace tantos años. La bandera blanca y celeste preñada de libertad contra los conquistadores y los invasores.
Días después alguien dice que el caballo puede caerse, que se movía cuando treparon arriba para festejar el triunfo de la Selección Argentina. Unas horas antes de la Final, el monumento es vallado, en el intento de evitar que suceda un accidente. Las vallas son bajas. Algunos pensamos que sería muy fácil saltarlas, que qué peligro, que para qué dicen otros, que igual se van a subir.
Vimos fotos de festejos por todas partes: multitudes carcajeando y felices hasta las lágrimas, confundidas unas con otras, porque todo es abrazo y salto y arenga y 'Vamos, vamos Argentina…'. El cuerpo individual es cuerpo colectivo. Contra todo pronóstico, contra cualquier plan mundial, los argentinos se amasan, van juntando sus partes hasta alcanzar el centro de cualquier ciudad. Unos abajo saltando. Otros trepados adonde sea. 'Son indios' dice Scaloni, el DT de la Selección, en referencia a los jugadores. Salvajes, indomesticables, irreverentes, así somos. Unos más. Otros menos. Pero todos sabemos lo que nos pasa en las multitudes: somos el pogo más lindo del mundo.
Por unos días quedan suspendidas todas las diferencias accidentales que nos hacen sufrir políticas gubernamentales que no juegan a favor de los muchos y sí de unos pocos. Suspendido el juicio sobre el siempre atemorizante y repudiable argentino que no piensa igual, vamos contra Otro. El Otro no conoce estas tierras. No carga sobre sí el exterminio de los pueblos originarios. Ni la Dictadura. Ni los 30000 desaparecidos. Ni los pibes de Malvinas. Ni la crisis del 2001. No sabe que en el barrio donde comen dos, comen tres; que la máquina de cortar pasto la usamos entre varios; que no sabemos mucho de bienes personales y privados; que tarde o temprano el mate, el asado, el día del amigo, cualquier excusa nos junta, nos amontona y nos volvemos este malón triste y derrotado pero orgullosamente irreverente que colma las calles una a una y festeja, no el triunfo, sino esta sangre nuestra, este país nuestro, aún tan nuestro, y tan orgullosamente indescifrable para el mundo.
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